EL JICOTE “GUARURAS Y LAMBISCONES”

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El nacimiento de la política llevó aparejado uno de los grandes dramas de la vida: dejar el poder. Es algo espantoso, desgarrador, algo así como enviudar enamorado. Hay placebos de todo tipo para que no enloquezca ¿más? el viudito. Por ejemplo. En uno de sus tantos exilios Santa Anna se fue a Nueva Orleans, su esposa lo observó deprimido así que un día decidió ensayar un remedio para detener ese hundimiento personal. Muy temprano fue a los suburbios de la ciudad y por un dólar contrató a desempleados y pordioseros para que fueran y se apostaran en la calle frente a la ventana de Santa Anna y gritaran en su medio español: “Querremos verr a su alteza”; Querremos verr a su alteza”. El dictador se dirigía a su esposa que velaba su sueño: “Diles que hoy no puedo verlos, pero que vengan mañana”. La esposa de Santa Anna, al observar el cambio de ánimo, de la tristeza a la euforia, le repitió el medicamento de la aclamación que tanto extrañaba. La legislatura del Estado bajo el supuesto de “armonizar” la ley estatal con la federal, aprobaron un artículo: “La Ley Guarura” en la que prácticamente todos los funcionarios, hasta el nivel de directores generales, se les proveería de seguridad personal, después de haber terminado su responsabilidad institucional. No importa que mientan los legisladores, pues la Ley Federal no contempla tal derecho, eso es lo de menos, yo apoyo semejante iniciativa. No podemos permitir que tantos funcionarios, después de dejar las columnas doradas del poder, anden por la calle, solitos y desamparados. Apoyo a la Ley Guarura con una condición: que también se asigne al periodismo crítico sus guaruras. ¿Quién nos dice, que después de dejar el poder y arruinada su carrera política los políticos retirados no decidan tomar represalias? ¿Después de todo, qué les importan ya las críticas si no hay imagen qué defender? Otro placebo a la viudez del poder, sería que el último año de gobierno se abriera un fondo de retiro que incluyera guaruras pagados de su bolsa, lo que evitará caer en: “Nostalgia de la Escolta”. Una enfermedad sicológica peor que el Corona Virus. Habría un kit con un ipad con aplicaciones de aplausos, porras, saludos a la Bandera, el Himno Nacional; un último texto, una grabación del personal que diga: “Licenciado, licenciada, no sabe todas las cosas malas que aquí se dice de quienes llegaron, extrañamos su humilde y lúcido liderazgo”. El kit incluiría solicitudes de audiencia, sobres con invitaciones de todo tipo, por supuesto nada traería lugar ni fecha, todo para llenarse de acuerdo con la nostalgia. Una carpeta con un texto ininteligible y abajo el nombre del ex, para que no añore su gusto por firmar. Finalmente, unas tijeras y un listón, en caso desesperado amarrar el listón de algún lado e inaugurar, por ejemplo, el baño de la casa. No hay duda que los aduladores son enemigos ocultos, la Ley Guarura es una ofrenda envenenada al Gobernador Francisco Domínguez, iniciativa que va contra los nuevos aires históricos de eliminar los privilegios de los políticos, lo primero que haría el nuevo gobierno sería abrogar esa ley y ganarse automáticamente la simpatía popular. Espeluznante el papelón de los legisladores que aprobaron la Ley Gurarura, incluso los de Morena ¡Qué vergüenza! Son representantes, claro que sí, de una desbordada y jadeante lambisconería.










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