EL JICOTE “¿EL SHOW ES PARA LLORAR O REÍR?”

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Desde que se generó el primer líder se utilizó, para el impulso de su imagen actos escenográficos que impactaran a las masas. En una ocasión, Charles De Gaulle asistió a la Comedia Francesa, al final de la obra fue a los vestidores y reunió a los actores a su alrededor. Para mostrar su talante democrático les dijo: “Yo también, como ustedes, soy actor”. Tuvo la desgracia que entre el grupo estuviera, si mal no recuerdo, Ives Montand, que lo interrumpió y le dijo: “Sí mi general, tiene razón, usted también es actor, con una diferencia, usted está mejor pagado”. Los medios de comunicación han potencializado ese aspecto escenográfico y dramático de la política y ahora es uno de los tantos shows con los que se distraen a las sociedades, con la única desgracia de que no hay posibilidad de comprar palomitas.
El Presidente López Obrador tiene todo el derecho de utilizar para sus fines políticos a dos villanazos: Lozoya y Duarte, ¡Caray! Si pudiera incluir en el reparto a Carlos Salinas, ya estaría en posibilidad de difundir sus juicios públicos en “pago por evento”. Se venderían más suscripciones que boletos para su rifa del avión sin avión. Se tiene todo para un gran show, primero el tema: la corrupción. En estos momentos de un aumento de diez millones de pobres, de graves carencias en todos los niveles de la sociedad, escuchar las fabulosas cantidades que sustrajeron es para provocar más que indignación, un odio terrible.
Otro componente, que asegura el éxito del show, es la clandestinidad. Veremos filmaciones en que en las que tendremos contacto con la realidad cruda de las transas y negociaciones políticas. Será de lo más emocionante ver a personajes famosos con el rostro afiebrado por la ambición, o gestos displicentes o hipócritas, de los que asumen con toda con la normalidad el robo al pueblo, como si estuvieran cobrando el muy merecido cheque de su pensión en la ventanilla del Banco.
Veremos también fajos de billetes. Será interesante observar si los beneficiarios llevan ligas, tienen dificultades para meterse el dinero en el saco o previsores, llevan bolsas del mercado. Para mi gusto y para que el show sea completo, falta una secretaria curvilínea con énfasis en su salud corporal, oscuro objeto del deseo que contagie de avaricia a funcionarios casados y decentes. Si encuentran a la “dama joven” la serie la pueden vender a Netflix.
El show empieza muy mal, a pesar de que las autoridades españolas lo entregaron bueno y sano, el villano llegó enfermo al país y lo trasladan a la zona vip de un hospital privado. ¿Quién pagará la estancia? ¿Por qué no lo llevaron a un hospital del gobierno? Al militar, por ejemplo. En el colmo de la desorganización las autoridades no sabían dónde se encontraba el acusado. Hubieran llamado a Locatel. El show empieza a confundir, la indignación de la opinión pública se revierte, tal grado de lujoso apapacho significa que autoridades y delincuente están de acuerdo. Los actores bien pagados, rápidamente se hacen cómplices. El drama del robo a la nación el gobierno lo convierte en comedia. Ya no sabemos si llorar o reír.










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