El interregno

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Se denomina interregno a ese periodo en el que un Estado o una nación carece de soberano. Ausencia del gobernante que ocurre, en el momento del deceso de un rey y la elección de quien ha de sucederle. En la antigua Roma, el Senado cubría tal vacío designando un ‘interex’.

Su connotación simbólica – la del interregno, digo – nos remite a un entreacto, una suspensión del orden del mundo. Como si éste se agotara y exigiese un renacer, como si una ruina acechara al universo de los hombres. En algunas comunidades esa ausencia, temible, daba pie a eso que llama Roger Callois, en su célebre “El hombre y lo sagrado”, sacrilegios sociales. En las islas Fidgi o en las denominadas Sandwich – nos dice Callois -, se desencadena una conducta colectiva licenciosa. Y nadie parece oponerse al frenesí de una multitud que incendia, saquea, mata, obliga a las mujeres a prostituirse. Los principios y reglas pierden su fuerza y su ‘virtud eficaz’. Y solo se restablecen con el dictado del nueve jefe, quien acabará con ese desorden, con esa efervescencia, disponiendo un orden nuevo.

Algo análogo sucede en las modernas repúblicas en ese periodo de transición que va de la elección democrática del mandatario hasta su toma de posesión. En nuestro caso, se antoja demasiado largo: de julio a diciembre, que aunque transcurre ‘pacíficamente’, no deja de inquietar a la sociedad, pues quien se va pierde autoridad, mientras que quien llega atrae ya la atención ciudadana.

A mayor abundamiento, cuando el presidente electo, como es el caso de AMLO, impetuoso y falto de discreción, acusa precipitados nombramientos, lanza repudios al antecesor, enfrenta rechazo a los topes salariales de servidores públicos, promueve consulta popular de obra pública en proceso… amén de vacilar en sus designaciones, reiterar promesas que ponen en duda viabilidades financieras y el mismo sentido común. Amén, incluso de verse envuelto, aunque de manera indirecta, en escándalos irritantes a los ojos de sus detractores. Extravagancias, desorden que innecesariamente desgastan la credibilidad y la confianza en él depositada, aún antes de sentarse en la silla presidencial, o reposar en la hamaca en una de las estancias de Palacio Nacional. En suma, este interregno no está siendo tranquilizador.

Y es una paradoja que en la conmemoración del movimiento estudiantil de 68, semilla de la pluralidad democrática, reaparezca un partido hegemónico. Un paso adelante y dos atrás.

 










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