El futbol llanero (Parte I)

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Ahora que Gallos Blancos de Querétaro fueron vencidos en la semifinal, no queda más remedio que volver a poner nuestros ojos en el futbol no profesional, enfocarnos de nuevo en el futbol llanero. Los dejo con la primera parte de este texto. No desciende de un autobús de lujo. No trae maletín deportivo, anteojos para sol y desde luego unos ipod. Nadie llega, libreta y lapicero en mano, a pedirle un autógrafo. Antes de pisar el terreno de juego no estuvo en un vestidor donde encontró perfectamente doblada en su casillero su ropa deportiva.

Simplemente baja de su camioneta, la cual deja con las puertas abiertas para que pueda seguir escuchando la música de banda, de algún grupo cuyo nombre tenga la palabra Sierra o Durango. El uniforme de juego lo trae ya puesto.

Sobre la tierra hay acomodadas once credenciales. La suya está, como siempre, en la punta, en la posición de centro delantero, de goleador. Mientras hace estiramientos escucha las palabras de motivación de su entrenador, compañeros y público. “¡Con ganas cabrón!”

El árbitro silba para dar inicio al partido de la gran final. El equipo local viste uniforme color rojo, llama la atención que la playera tenga bordado el escudo de uno de los equipos más importantes del mundo: el Real Madrid. Sin embargo, estos jugadores no son una filial del equipo “merengue”, no son profesionales. Son un equipo de los miles que existen en este país y que están en una liga del llamado futbol llanero.

El jugador con el número 10, se golpea las piernas con sus manos y grita reclamándole a su compañero: “¡pásala, estaba solo!” Es incorrecto, la verdad es que no lo está, para esta importante ocasión lo acompañan su esposa y sus dos pequeños hijos -que ven a su padre pegados a la línea lateral del campo y que en momentos se aburren y se ponen a pelotear entre ellos.

El partido está muy cerrado. Terminan la primera mitad empatados a cero. Casi es la una de la tarde y los once “colorados” van en busca de sombra y algo refrescante. Algunos se sientan en piedras y otros en los restos de un poste de electricidad. Se discute sobre la estrategia para el segundo tiempo. El máximo anotador escucha las porras y alguna que otra ocurrencia, como la de su familiar que grita: “¡Órale pinche primo, vine desde el otro lado pa verte ganar!”

Junto al equipo pasa un personaje cincuentón de gorra beisbolera, ropa vieja y enorme bigote. Nunca falta a sus partidos y por lo tanto se asume como un integrante más. Lleva abrazados a su pecho cinco envases vacios de caguama. Por su enorme sonrisa recuerda a esos niños que salen con la mayor dotación de dulces, luego de participar en la piñata. “¡Al rato yo les invito la suya, hay que chingarnolos!”.

El mona, el trompas, el caballo y el tripa se sorprenden de la situación del toluco, le dicen que ya aguantó y que sude más para sacar completamente la cruda. “En los encuentros domingueros, a veces los jugadores llegan arrastrando la resaca del sábado, casi dormidos, pero con el corazón firme y el ánimo dispuesto. En ocasiones se ponen los tacos y realizan los ejercicios de calentamiento como verdaderos autómatas. Pero una vez dentro y empezado el juego, la pasión despeja la mente y se da lo mejor que se tiene”. (Susana Vázquez Mellado. México Desconocido. Núm. 243. Mayo de 1997).

Al minuto 60, el delantero local se lleva fácilmente al primer defensa, luego de engañarlo haciendo una bicicleta. No puede, sin embargo, con el segundo. Este no quiere arriesgarse a ser burlado y de plano se barre con todo –poco importa si se lleva el balón y también la pierna del oponente-, al momento de ir cayendo su cabeza se impacta contra la rodilla del portero. “¡Pum ! Qué madrazo le puse al delantero, pero no podía dejar que pasara. Que tal que nos mete gol, yo jugaba de defensa central. Quien juega esa posición sabe que pasa el balón o pasa el jugador” (Melchor López. Revista Generación. Núm. 44. Jun. 2002).

El enorme golpe lo ha dejado conmocionado. Por su mente empiezan a pasar cosas muy extrañas. Se ve en Real del Monte, Hidalgo. Una voz, que no sabe de dónde viene le dice: “Fue aquí a donde llegaron las primeras compañías mineras inglesas y donde se realizó el primer partido de de futbol en suelo mexicano. El Pachuca Athletic Club, fundado el 28 de noviembre de 1900, fue el primer equipo de futbol en este país” (Gabriela Morales. Revista Día Siete. Núm.357. S/F).

El entrenador-masajista-aguador entra corriendo al campo para brindar auxilio a su jugador. El momento no puede ser más surrealista, empieza a mojarle la cabeza y el rostro con agua, misma que sale de un recipiente que originalmente tenía –según se puede leer en su etiqueta- anticongelante para automóvil, marca “Bardahl”. De sus ropas saca un aerosol que dirige a la pierna del lesionado.

Los compañeros del herido están empujando al agresor y la bronca amenaza con dar inicio. Nuestro joven lastimado se ve, de pronto, sentado en un salón donde el Maestro Rogelio Villarreal le da una clase sobre los orígenes del futbol. “Los Galos tenían su propio juego de pelota, con reminiscencias del culto al sol de los Celtas y que era practicado por casi todo el pueblo: sangrientos encuentros entre dos villas que trataban de arrastrar el balón a un tercer punto acordado de antemano. Felipe V en 1319 y Carlos V en 1369 lo prohibieron debido a la violencia que se producía en casi cada juego” (Revista Complot. Núm. 64. Mayo 2002).

Una alumna, de nombre Claudia Mejía Martínez, levanta su mano y aporta más datos para seguir ilustrando a nuestro futbolista llanero: “Para entender mejor el sentido combativo y a la vez alegre del futbol, es necesario remitirnos a sus orígenes: desde tiempos de los romanos se practicaban juegos donde se pateaba una bola de cuero. Esta fue imitada en la isla de Bretaña en tiempos posteriores a Julio césar. En el siglo XVII, en Inglaterra, el enfrentamiento se daba entre dos poblados cercanos. Todos los habitantes varones de cada poblado comenzaban a patear una bola de cuero, situada originalmente a media distancia entre ambos pueblos. El primer equipo en llevar la bola al poblado contrario ganaba. El juego podía durar todo el día y pocas eran las reglas, lo que lo convertía en un evento violento y divertido que generalmente coincidía con algún festejo religioso” (Revista Sacbé. Núm 10. S/F).

A los dos los manda al diablo. “¡No mamen, no quiero saber nada de la escuela! ¿Qué no ven que estoy jugando?”.

Correo: amezquita27@hotmail.com

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