El exiliado voluntario

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POR Augusto Isla | El hombre tiene el aspecto de un niño mimado. Glotón y caprichoso, receptáculo de una obesidad mórbida. Es Guillermo del Toro, cineasta multilaureado, con veinticinco años de trayectoria. Su más reciente éxito: “la forma del agua” ha recibido “El león de Venecia” y “El Oscar” como mejor película y mejor director. Acaso merecido si cuentan los detalles bien cuidados de su narrativa, fechada en los años de la Guerra Fría, más concretamente en un laboratorio secreto donde USA esconde un hombre-pez, criatura monstruosa rescatada de los confines de Sudamérica, aunque nunca sepamos con qué fines.

En el laboratorio, trabaja Elisa como afanadora heroína muda que descubre la presencia del monstruo de quien se enamora, hasta el punto de secuestrarlo en complicidad con su vecino, un artista solitario que solo encuentra en ella un refugio de amistad.

La lluvia y la noche ambientan la narración, en perfecta concordancia con el gusto de del Toro por atmósferas tétricas, por mundos enrarecidos. Pues bastaría mencionar que el cineasta, nacido en Guadalajara (1964), creció rodeado de extrañas mascotas: serpientes, cuervos, ratas blancas… Del Toro no carece de vocación ni de cultura fílmica. A los 21 años comenzó a filmar, aunque su ópera prima “La invención de Cronos” data de 1992. Y su cultura recorre la historia del cine desde el silente hasta las creaciones contemporáneas.

En una conferencia – entrevista para estudiantes de cinematografía, la presumió; citó a Douglas Sirk, Orson Wells… Culto y lepero, al propio tiempo, como para consagrarse con aquellos jóvenes deslumbrados por las prendas del jalisciense, ahora más estadounidense que otra cosa. Pues aunque declare “soy mexicano”, su producción tiende a asimilar en forma y contenido el canon hollywoodense. Del Toro es ya un exiliado voluntario, desde que su familia emigró a los Estados Unidos después del secuestro de su padre en 1997.

Pero volvamos a “La forma del agua”. Una oda al amor y al cine, según afirma. Amor descabellado que me transporta, a “El monstruo de la laguna negra” de Jack Arnold (1954), o a “La bella y la bestia”, relato tradicional francés cuyo origen probable es una historia de Apuleyo, “Cupido y Psique”. Amor al cine cuando evoca en el imaginario de Elisa, la afanadora, secuencias nostálgicas que le regala el televisor en blanco y negro y se ve así misma bailando al modo de Fred Astairne y Ginger Rogers, con el monstruo inspirado en “El Coloso” de Goya. “La forma del agua”: una fantasía, mixtura de cuento de hadas y narración siniestra. Un thriller cargado de humor negro, un tanto maniqueo en el que se debaten el bien y el mal, Elisa y el Señor Stricklanz, la heroína y el villano, torturador sádico de la pobre criatura encadenada, amén de ciudadano clasemediero, insatisfecho con su vida que intenta compensar con la compra de un automóvil de lujo: una metáfora de la mediocridad que arrastra el “american way of life”, autocomplaciente con el hedonismo consumista. Un thriller en el que no falta al espía ruso, al final descubierto y asesinado.

Algo me disgusta en su visión de la figura femenina: en “El laberinto del fauno”, la sumisión de la mujer al macho fascista, y ahora en “la forma del agua”, una mujer muda, como si pensara que el silencio sería lo más conveniente para ese género. Misoginia consciente o inconsciente la de este cineasta sobrevalorado por la mercadotecnia. Y aunque él cree que “la forma del agua” es su “primer película adulta” yo me quedaría con “El laberinto del fauno” y con el personaje radiante de la niña huyendo de las atrocidades de la Guerra Civil española, representada impecablemente por su padrastro, ese capitán abominable. En “El laberinto del fauno la fantasía infantil tiene un sentido, no así en ”La forma del agua”. Una obsesión más de este pretencioso que remata su cuento contemplando en el fondo de las aguas la aberrante pareja en abrazo feliz. Por los siglo de los siglos.

Total cine de matinée dominical, un tanto bobo.

 










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