El dolor de la estupidez

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Ulrich von Liechtenstein

FOTO: Retrato Ulrich von Liechtenstein

POR Ricardo Méndez-Silva | Mis libros poseen vida propia, ajena a la del autor y a la de su dueño temporal. Por ejemplo, uno de ellos que trata sobre las vías ferroviarias de México a principios del Siglo XX, cuando lo quise obsequiar a un coleccionista, se resistió sobremanera y se mimetizó con algunos objetos circundantes, tomando la forma de un cenicero y de un esbelto florero.

Permaneció así por muchos años hasta que un día, accidentalmente, lo reencontré y ya no hizo remilgos. Tanto había hecho por pasar inadvertido que su apariencia había cambiado como sucede con las personas que se dejan de ver por largo tiempo, las pastas eran distintas y se había empequeñecido pero logró pervivir en la biblioteca dentro del ambiente de nuestra común intimidad.

Otro, en cambio, siempre leal, ha estado presto para ser leído, se muestra entusiasta en todos los lugares por donde paso y doy fe de que hace señas imperceptibles para llamar la atención y entregarse a las consultas de ocasión. Tuve conocimiento de él por una cita que en la clase de Derecho Romano hizo mi profesor hace medio siglo o un poco más. Los libros narran usualmente una historia pero cada ejemplar, al salir de la imprenta, asume un recorrido original, al punto de que podría escribir sus propias memorias. El libro al que aludió el profesor Pichardo Estrada se llama Historia de la Estupidez Humana de Paul Tabori ( Ediciones Siglo Veinte, Argentina, 1966). Yo me topé con él en un establecimiento de libros usados y quedé capturado quizás por su determinación callada de ser adoptado. Acaso la fidelidad de estos libros “de viejo” se debe a su orfandad y a la afinidad que encuentra en un nuevo lector cuando lo explora con su tacto.

En sus diez capítulos, Paul Tabori aborda los casos notorios de la estupidez histórica de nuestra especie y diserta sobre ellos. Así, se adentra en testimonios relativos a la burocracia universal, de la cual cualquier ciudadano, aún en los países más serviciales, conoce anécdotas dignas de un trofeo incontestable: “Las oficinas gubernamentales son viveros de estupidez… Es inevitable: aún el burócrata más inteligente sucumbe a la infección”, afirma el autor. Otro gran tema es la búsqueda de la eterna juventud, en el que sobresale la expedición de Juan Ponce de León a la Florida en busca de la fuente milagrosa que pudiera contener los estragos de la edad. Lo que encontró fue su muerte y la de su legión de aventureros, masacrados a flechazos por los nativos y víctimas de una naturaleza hostil. Procede matizar que sí hubo un sobreviviente: Alvar Núñez Cabeza de Vaca que atravesó a pie América del Norte, a partir de la Florida, salvando mil peripecias como haber sido esclavo de los autóctonos hasta un sitio allá por San Francisco, en donde dio la vuelta y prosiguió su formidable caminata para arribar mas de diez años después a la Nueva Granada, hoy Jalisco, según relató en su libro Navegaciones y Regresos. Hoy día se persigue retrasar y engañar al envejecimiento de formas menos arriesgadas, con cirugías plásticas, tintes para el cabello, trasplantes, maquillajes y cremas, menjurjes sospechosos y la gama abundante de productos dedicados a exaltar la vanidad. ¿Estupidez?

Incursionó Tabori en otras obsesiones: el afán de convertir el plomo en oro, ocupación de químicos y aprendices de brujo medioevales en pos de la riqueza fácil e ilimitada. En vano. Hoy sin tanta ciencia, aunque sí con aplicaciones de ingenio sinvergüenza, políticos inescrupulosos y mercaderes voraces amasan fortunas gigantescas sin necesidad de probetas ni de mezclas incendiarias. Y cómo ignorar las vanidades del árbol genealógico, ostentar apellidos de alcurnia, inventar escudos relumbrantes o las actitudes de adolescentes que desde el cobijo de su padres nos identifican a los ciudadanos de a pie como integrantes de la “prole”.

El protocolo es un surtidor de estupideces. Narra nuestro autor que en 1661 llegó a Inglaterra el nuevo embajador del Reino de Suecia, desembarcó en el Tamesis, cerca de la famosa Torre de Londres para dirigirse al Palacio en la carroza real. Los carruajes de los embajadores acreditados se unirían a la procesión pero el uso de la precedencia diplomática provocó un conflicto entre españoles y franceses que se disputaban la primacía. Para hacerla valer, los hispanos se reforzaron con una cincuentena de hombres armados mientras los franceses, para no quedarse atrás, reclutaron a cien soldados apoyados por cincuenta jinetes. ¡La soberanía nacional no se negocia! El agarrón fue de pronóstico, las espadas sacaban chispas furiosas y se hundían en las carnes enemigas. Ambas partes se batieron con un heroísmo inusual dado el carácter trascendental de la disputa. Muchas cabezas fueron abolladas, miembros heridos, barrigas rebanadas y hubo un saldo de doce muertos. Y como en estos lances siempre proliferan los mirones, de un balazo fue abatido un circunstante. El conflicto se elevó al más alto nivel de los Estados, los embajadores de ambos países fueron llamados a sus Cortes, entre los amagos de una guerra con todas las de la ley. España, forzada por su debilidad, terminó aceptando en Versalles la precedencia francesa y Luis XIV, para conmemorar el glorioso desenlace mandó acuñar una medalla de oro, alusiva a esa gesta singular.

Y el amor, el amor, cuantas tonterías se hacen o, mejor dicho, hacemos en su nombre. La Historia de la Estupidez Humana se detiene en la etapa de la caballería romántica, la que Don Quijote tomó como inspiración para realizar sus hazañas en honor de Aldonza Lorenzo, transfigurada literariamente como Dulcínea del Toboso. No tienen desperdicio los testimonios de la vida real que rescató el autor pero destaca con ventaja el de Ulrich von Lichtenstein que por su dama se operó uno de los labios a cuchillo vil, sin anestesia, claro, por lo que el galán estuvo postrado meses enteros, sufriendo dolores agudos y carente de alimento. Le dio por cortarse un dedo y en una elegante cajita forrada de terciopelo rojo lo envió a la pretendida que jugaba al amor caballeresco, alentar levemente tras una negativa encantadora. Ante tanta insistencia y por la intermediación de algunos colegas de las andanzas caballerescas, la susodicha le concedió una cita sujeta a que el pretendiente se disfrazara de mendigo y conviviera con los leprosos que rodeaban su castillo. No había prueba que no acometiera el caballero en pos de su amada, durante varios días soportó la intemperie, los rigores de la lluvia y el peligro del contagio. Complacida, la dama le permitió subir por fuera del castillo y lo jalaron hasta sus aposentos en un tinglado de sabanas. Urgido por los ardores reprimidos durante tanto tiempo y convencido de que era merecedor de las virtudes de su enamorada luego de haber pasado las pruebas impuestas, exigió frenético su recompensa. Ella, displicente, condicionó su doncellez a que volviera a descender, iluso, aceptó , la tomó románticamente de la mano al montarse al tinglado, inició el descenso mirando embebido a la dama de sus sueños que sutilmente movía la mano en son de despedida. El arrobamiento acabó de súbito cuando lo soltaron o se rompieron las sábanas, para el caso es lo mismo, el trancazo fue fenomenal, que, sin embargo, no impidió que Lichtenstein, adolorido de cuerpo y alma, le siguiera componiendo y cantando himnos amorosos a la “ingrata perjida” (Para más el Chava Flores. ¡Por favor!). Tabori lo llamó el “idiota del amor.

Una sentencia rubrica su obra: “…la estupidez es infinita, duele…solo que rara vez le duele al estúpido.”

 

Ulrich von Liechtenstein4

Retrato de Ulrich von Liechtenstein

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Ulrich von Liechtenstein1

Travesías.

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Ulrich von Liechtenstein3

Juan Ponce de Leon

 

 










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