El disimulo

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El célebre político y escritor inglés, Benjamín Disraeli, decía que “el disimulo es un componente importante del ejercicio político”. Como disimulo fue haber abierto las puertas del Palacio de Bellas Artes para un concierto en honor de Naason Joaquín García, líder religioso de la iglesia “La luz del mundo” al que asistieron, entre otros, Martí Batres y su pandilla morenista del Senado. ¿Sabría la secretaria de Cultura Alejandra Frausto de qué se trataba? Por supuesto que sí: en el programa de mano del festejo así se indicaba. ¿La decisión fue ‘motu propio’? No. Contó con la autorización presidencial, de otra suerte hubiera sido despedida por semejante arbitrariedad. Mi madre decía que “no se muere la hoja de un árbol sin la voluntad de Dios”. Aplicado este dicho al caso, nada se mueve sin la voluntad de AMLO. ¿Estaba enterado el tabasqueño de los sombríos antecedentes de esa secta o comunidad, o como quiera llamársele? Desde hace más de dos décadas, el periodista Enrique Muñoz había denunciado abusos sexuales cometidos por Samuel Joaquín González, padre de Naason. También Jorge Erdely lo había exhibido en su libro “Pastores que abusan”. Pero nada pasó, como suele suceder cuando hay de por medio influencias y dinero.

Esa iglesia es poderosa. Cuenta con más de doscientos mil feligreses en México. Su sede principal está en Guadalajara, pero se ha diseminado en 28 países. Surgió en 1926, en plena guerra cristera, guerra aquella provocada por la intolerancia del inefable Plutarco Elías Calles; el movimiento está inscrito en el pentecostalismo, del que, se sospecha, está muy cerca el líder tabasqueño que hoy ocupa Palacio Nacional. Para muestra, un botón: el tabasqueño pide a los mexicanos que nos comportemos como “buenos cristianos”. ¿Y su Juarismo? ¿Sólo una máscara? ¿O ya rebautizó al Señor de Guelatao?

El tema del concierto en Bellas Artes no pasaría de ser una anécdota, de no ser porque hace unos días Naason fue arrestado en California bajo la acusación de tráfico de personas, producción de pornografía infantil, abuso sexual de menores y una veintena de otros delitos. Caben entonces varias preguntas: si el tabasqueño ignoraba el atroz comportamiento de Naason, ¿pues en qué realidad vive?; si todo lo sabía, ¿no es cómplice de esa inmundicia? ¿Dónde queda entonces la presumida autoridad moral, si el señor es capaz de permitir honrar a tan despreciable delincuente a quien el Juez californiano ha fijado una fianza de 50 millones de dólares dada la magnitud de sus crímenes?

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