El desliz pornográfico

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Un periodista, reconocido por su seriedad crítica, ha tenido a mal publicar, con aires edificantes, una nota nauseabunda sobre Víctor Manuel Toledo, un académico de gran prestigio en el ámbito de la biología, llamado a colaborar con la administración federal, no tanto por las convicciones ecologistas del tabasqueño como para adornar su gabinete, pues una vez designado parece abandonarlo a su suerte, de modo tal que el Dr. Toledo se ha impelido a sortear mil escollos en su gestión tutelar del medio ambiente y recursos naturales, hasta el punto que, decepcionado por el desorden imperante en el seno de los altos mandos, explicable después de todo en razón de que el presidente, en vez de dictar su política en la materia, malgasta su tiempo en un ir y venir por los senderos de la república para asegurar el voto ciudadano en favor de su movimiento en las elecciones del próximo año. Exasperado por su impotencia, Toledo ha declarado públicamente que la supuesta transformación deseada por el ‘nuevo régimen’, no existe. Por el contrario, es un nido de contradicciones.
Lo extraño es que, después de tales enunciados, el periodista se haya solazado en exhibir las debilidades de la vida privada del Dr. Toledo, dejándonos ver que es un viejo perverso que se mueve en el bajo mundo de los masajes con servicios sexuales, como si nos importaran tales proclividades.
En este sentido, el periodista, amén de entrometido en la vida privada de los demás, se ha convertido en un pornógrafo, en un escritor que parece disfrutar su propia obscenidad, como la de esossacerdotes que anhelan el momento de ocupar el confesionario para excitarse morbosamente con los dichos de los pecadores. Y la verdad sea proferida: más que poner en evidencia el comportamiento obscuro del pecador, el periodista realza su perversa condición emocional. Por mi parte, ese pornógrafo ha perdido un lector. Y creo que muchos más que, antes que nada, respetan y admiran a Toledo, cuya única debilidad consistiría en haber aceptado un alto encargo oficial, sin la intuición de que se han servido de él para decorar la imagen de un ineptócrata.










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