El debate

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POR Augusto Isla

Un debate es una discusión sobre un asunto. Sin contexto es, por lo general, una asamblea: concluye con una votación. Es lógica. Lo que vimos el domingo, más que un debate, fue una comparecencia de los candidatos a la presidencia de la República, en la que pudimos observar imágenes, lenguaje corporal, preguntas, silencios, palabras ya dichas y redichas. Nada nuevo. Sin ganadores ni vencidos.

Margarita Zavala mejor presentados que de costumbre con los labios pintados. Más segura que otras veces, pero sin porvenir, al igual que el apodado “El Bronco”, un delincuente electoral sugiriendo barbaridades como aquello de cortar la mano a quien roba. Anaya, como siempre con sus papelitos, dueño de una elocuencia de pacotilla, plagada de adjetivos hiperbólicos como ese “absolutamente” tan fastidioso, pero en el fondo helado como un témpano. Meade, con experiencia administrativa pero incapaz de encender el ánimo de nadie. López Obrador incómodo, porque lo suyo es el grito en la plaza pública frente a los seguidores, aplaudiendo sus sin razones.

Cinco aspirantes de los que no se hace ‘uno’, digno de resolver algo. Todos un tanto cuanto patéticos. En una comparecencia así, no hay vencedores ni vencidos, aunque todos salieron ‘contentos’. De lo que estoy seguro es que todos exhibieron más carencias que virtudes. Por supuesto que sólo uno triunfará en las urnas. ¿Será el puntero? Faltan días. Pero, hasta el momento, todo indica el populismo se mantendrá en las preferencias electorales.

A propósito de esto. Nicholas Kristof reseña en el ‘New York Times’ lo que parece un retrato de López Obrador, tomada del libro ‘Como Mueren las Democracias’. Sus autores son profesores de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt. Un líder como AMLO muestra un débil compromiso con las reglas democráticas, niega la legitimidad de sus oponentes. Síntomas estos de un ‘político autoritario y peligroso’.

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Concluyo con estas palabras de Epicteto “De todas las cosas que existen en el mundo, unas dependen de nosotros y otras no. De nosotros dependen nuestros juicios y opiniones, nuestros movimientos, nuestros deseos, nuestras inclinaciones y nuestras aversiones; dicho de otro modo, todos nuestros actos (…) Las cosas que dependen de nosotros son libres por su naturaleza misma; nada puede frenarlas ni levantar obstáculos ante ellas. Al contrario, las que no dependen de nosotros son débiles, esclavas, y están sujetas a mil contingencias e inconvenientes, además de que nos son totalmente extrañas”.










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