El cielo: Asunto terrenal III

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“Comamos y bebamos

porque mañana

estaremos muertos”

(Lema saduceo)

Es difícil reconocer que la muerte es el precio que tenemos que pagar por el vivir; que al nacer no traemos una torta bajo el brazo sino el pasaporte de la destructividad y la descomposición. Esa conciencia del fin personal es tan bruta que es más fácil imaginar que se morirá el sol a pensar que, con certeza, habremos de morir nosotros. El muerto, diría Sartre, siempre es el prójimo.

Paralela a la idea de muerte nace el concepto de inmortalidad. Lógico, pues lo que está más allá de la concreción, de la experiencia, es el misterio, es lo inexpugnable, es algo peor, la impotencia. Y cuando baja el telón y se apagan los reflectores de lo sensible, de la ciencia, de la razón, no nos queda más remedio que recurrir a los cerillos en ocasiones más luminosos, de la fe y de la magia.

No obstante, en la euforia de alimentar la creencia en otra vida, tenemos experiencias personales que asociamos de inmediato con manifestaciones de lo divino, cuando en realidad lo que vemos o sentimos son respuestas de nuestro cuerpo y testimonio de la vulnerabilidad de una existencia efímera. Donde creemos palpar la inmortalidad está la reacción trivial de una neurona. Paso a explicarme.

A lo largo de toda la historia sobre el cielo, ha existido una intensa relación entre la visión de la luz y la morada que nos depare el más allá. Al parecer este simbolismo se desprende de lo dicho por Jesús: “Los justos brillarán como el Sol en el reino de su padre”; también, quizás, por el texto bíblico que alude a un ángel cuya “apariencia era como el rayo, y su vestido blanco como la nieve”.

En la visión de San Juan sobre el cielo, Dios está sentado en un trono deslumbrante y sólo puede ser descrito en términos de piedras preciosas. El esplendor de Dios es como el del jaspe y el trono despide un brillo comparable al de un arco iris de esmeraldas. Santo Tomás afirma que los cuerpos de los bienaventurados “brillarán siete veces más que el Sol”.

Santa Teresa después de una “ascensión al cielo”, escribe: “Quiero yo poder dar a entender algo de lo menos que entendía, y pensando cómo puede ser, hallo que es imposible, porque en sólo la diferencia que hay en esta luz que vemos a la que allá se representa, siendo todo luz, no hay comparación”.

A tal punto se vinculó a la luz con la divinidad, que Alberto Magno consideró que el verdadero punto de la discusión era la distinción de los grados de luminosidad; un santo virtuoso irradiará más luz que uno obligado a pasar por el purgatorio.

El estilo gótico de las iglesias de la Edad Media respondía también a esa invocación simbólica del cielo como una luz. Los altísimos y pesados muros de piedra representaban la oscura tierra, las gigantescas ventanas circulares, iluminando el interior unían la luz de la divinidad y el círculo de la perfección. Los “rosetones” eran delicados filtros que dejaban afuera el mundo, pesado, negro y transitorio. La luz, escriben McDannell y Lang, penetraba la intemporalidad del espacio sagrado, anticipando con su afinidad de colores lo que se vería en el cielo.

La época moderna no ha abandonado la comparación de luz con divinidad, aunque la ciencia otorga explicaciones más prosaicas. Un señor llamado William Wolcott, al relatar hace varios años su muerte pasajera en un quirófano, afirmó que al tener la sensación de dejar su cuerpo y verse por encima de él, cubierto por una sábana, no dejó de ponerse algo triste. Pero luego divisó una luz en la lejanía, una luz muy intensa. Penetró en una especie de reino radiante, pudo percibir una silueta magníficamente iluminada desde atrás. Wolcott se esforzó por ver el rostro, pero…

En el hospital lograron revivirlo. Su corazón había dejado de latir, clínicamente había sido un hombre muerto. Esta es la versión de su mirada por la cerradura de la vida y el más allá. El científico gringo Carl Sagan al transcribir esta experiencia, que obviamente tiene relación con las interpretaciones de los místicos del cielo como una gran luz, otorga una explicación no muy romántico que digamos. Veamos:

Sagan describe, en primer término, las reflexiones de Stanislav Grof sobre las vivencias de los seres humanos próximos al nacimiento. Según Grof, el primer estadio del niño en el seno de su madre es de una absoluta complacencia. Cualquier necesidad de alimento, oxígeno, calor y expulsión de restos, está cubierta automáticamente. El feto vive en un auténtico paraíso, pero lo bueno viene después.

En el segundo estadio el niño es comprimido terriblemente, su situación es peor que la de un usuario del Metro en la estación Pino Suárez y en hora pico. El maravilloso líquido amniótico se convierte en tehuacán con chile piquín. El feto pasa por momentos durísimos. En el tercer estadio su agonía cesa, es el momento en que aun con los ojos cerrados percibe una lucecita al final del túnel: el mundo extrauterino.

Sagan sostiene que ese descubrimiento de la luz, después de la oscuridad y con la cabeza apachurrada, es una experiencia del ser humano, profunda e inolvidable, que se repite en el momento de la muerte. La figura heroica bañada en resplandor y gloria no sería Dios sino el recuerdo del obstetra.

Me niego a compartir esta tesis, rechazo la idea de que cuando Goethe al morir gritaba: “Luz, más luz”, lo que hacía no era designar su encuentro con la plenitud luminosa de la verdad, sino que simplemente recordaba su primera imagen perinatal de cuando introdujo su cabeza en el cérvix de su madre. Francamente no. Estos científicos no dejan espacio para la imaginación, son capaces de echar a perder hasta el cielo.

A los estimados lectores, un abrazo de Navidad y que se la pasen muy bien, y que 2014 esté pleno, en primerísimo lugar, de salud; después de mucha lana y aún más de amor. Por si fuera poco, que el Piojo Herrera les comparta su buena suerte. Hasta el año que entra.










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