El Charro rojo (II de II)

|




El pasado no está muerto; ni siquiera es pasado.

William Faulkner

El Fab recordaba que a pesar de que solamente estuvieron un día en huelga, antes de que entrara el ejército a reprimir el movimiento, los rieleros colocaron las banderas rojinegras del proletariado sobre los accesos de La Estación. Por la noche montaron guardia en el andén, congregándose alrededor de una fogata que iluminaba sus ilusionados rostros en conseguir un aumento a su sueldo y mejores condiciones de trabajo que evitaran los continuos accidentes que los dejaban baldados por las infames condiciones laborales; enormes llamaradas bailaban alumbrando la negra noche de los rieleros que, acompañados de una guitarra entonaban Máquina 5001, La rielera, Juan Colorado, La adelita y la canción favorita del grupo Erre con erre,una de cuyas estrofas dice:

Erre con erre cigarro

erre con erre barril

rápido ruedan los carros

cargados de azúcar del ferrocarril.

Los trabajadores del riel paralizaron el país en la Semana Santa de 1959 aunque poco les duró el gusto porque el gobierno declaró inexistente la huelga y en menos de veinticuatro horas el ejército detuvo y encarceló al “Charro rojo” bajo el cargo de ‘traición al interés patrio’.

El 30 de marzo de 1959, junto con Demetrio Vallejo fueron arrestados doscientos cuarenta y nueve líderes del movimiento ferrocarrilero a lo largo y a lo ancho de la República. En Querétaro los soldados disolvieron la huelga a mentadas de madre y culatazos echándole el guante al Comité de Huelga integrado por Alfredo Patiño, Ricardo Manuel Hinojosa, Ricardo Buenrostro, Casimiro Perrusquía Trejo y Fabián Arroyo Díaz.

En la edición de ese día el periódico El Nacional cabeceaba en sus ocho columnas: “El gobierno advierte, de una vez por todas, que nada en contra de la ley será permitido.” Una vez más, quienes sólo contaban con su fuerza de trabajo, quedaron sometidos al cabús de la sociedad, expresaba mi amigo El Fab con un dejo de impotencia y tristeza que le atravesaba el alma y se reflejaba en la dureza de su mirada.

Los ejes de mi carreta

Tiempo después, cuando el país fue devastado por las huracanadas devaluaciones de Miguel de la Madrid, una oleada de obreros en la que yo surfeaba alegremente, fue echada de la Tremec. De la noche a la mañana miles de obreros fuimos compelidos a emplearnos de taxistas, albañiles, microbuseros y, algunos ‘en lo que fuera’.

Mi camarada El Fab corrió con suerte siendo uno de los pocos que continuaron en la fábrica pero el golpe ya estaba dado: la separación propició que nuestra amistad decreciera hasta la extinción. Sin embargo, años más tarde, cada vez que yo abordaba un tren en La Estación recordaba a mi amigo de la familia efe y su relato del movimiento ferrocarrilero encabezado por el ‘Charro rojo’, testimonio que echa por tierra el mito de que la sociedad queretana siempre ha vivido en una idílica tranquilidad provinciana.

Y es que yo empecé a viajar en ferrocarril cada fin de semana de Querétaro a la tierra de Juan Diego Cuauhtlatoatzi, personaje del panteón católico que vivía en el cielo en calidad de beato y yo en un barrio queretano a título de bato. Por supuesto que mis viajes en tren eran por placer porque, como ustedes saben, un par de tetas, jala más que un par de carretas y, como dice Erre con erre:

Invitar a la joven amada

y en la fiesta sacarla a bailar

y besarle sus labios con maña

que saben a caña del cañaveral.

Aquellas hebdomadarias travesías comenzaban en La Estación; mi puntualidad sabatina para tomar el tren de las seis que pasaba a las siete o, a veces, a las ocho de la mañana, era inglesa, es decir, estaba marcada por una cierta neurosis que nunca me ha dejado ni a Sol ni a sombra. Por supuesto que la vox populi decía que el tren era muy cristiano puesto que pasaba cada vez que Dios lo permitía.

Lo real es que nadie sabía a ciencia cierta a qué hora pasaría la corrida de las seis, aunque en la pizarra de la sala de espera estuviese programado a las 06:00 horas. Pareciera que el ferrocarril marcara la característica impuntualidad de la sociedad mexicana y, quienes le esperábamos ya sabíamos que así era nuestra realidad, nadie se angustiaba. Los pasajeros matábamos el tiempo de muy diversos modos, algunos leyendo un libro, otros hojeando un periódico en tanto que los más se embebían platicando, apoltronados en las rústicas bancas de madera en las que también había cabida para las pertenencias de los viajeros consistentes en cajas de cartón, bolsas y costales.

En la sala de espera de La Estación también había otras personas puesto que el sitio era uno de los pocos refugios para indigentes, indígenas y algunos miembros de los Escuadrones de la Muerte (léase teporochos) que no tenían un techo en donde guarecerse de las inclemencias climáticas y sociales.

¡Ah!, olvidaba consignar que en cierta ocasión en que se me durmió el gallo llegué con un retraso de diez minutos. Fue la única vez en que el tren de las seis pasó exacto. Quien me enteró del increíble suceso fue la señorita de la taquilla al momento en que le solicité un boleto a la estación de Cuautitlán, mi destino. ¡Quién le manda -me echó en cara la mujer- ser tan impuntual!

Viajar en ferrocarril también tenía ventajas. Era el único medio de transporte que estaba al alcance de la gente humilde de nuestra ciudad que se encontraban en la apremiante necesidad de trasladarse a algún punto de la República mexicana. Aún el vagón de primera clase era más económico que viajar en los autobuses Herradura de Plata, Flecha Amarilla o Estrella Blanca.

Además, la vida de los pasajeros corría más despacio, sin las frenéticas prisas que caracterizan a los hombres de negocios que sólo les procuran infartos o por lo menos úlceras gástricas. El lento convoy se detenía en cada estación que encontraba a su paso: San Juan del Río, Tula, Huehuetoca y Cuautitlán para finalmente arribar a La Estación de Buenavista de la ciudad de México, su destino. En cada alto no sólo subían y bajaban pasajeros sino que el tren era prácticamente tomado por asalto por cantantes, merolicos que ofertaban ungüentos mágicos y, lo que a mí más me gustaba: vendedoras de gorditas, enchiladas, tacos dorados con chilorio, tacos sudados, tortas y refrescos.

Por supuesto que yo me daba unos pantagruélicos banquetes con enchiladas y taquitos dorados de pollo a los que acompañaba con un litro de pulque, ¡sí, leyeron bien, pulque! porque el elixir de la antigua Mayahuel (diosa prehispánica, but off course), la de los cuatrocientos pechos, era un prodigio que sólo ocurría en los vagones del ferrocarril puesto que la bebida era expendida por el propio boletero quien tenía a su cargo una rebosante barrica de neutle.

Nunca supe y tampoco nunca pregunté si la venta del tlachicotón era lícita o clandestina, lo cierto es que en cada viaje de Querétaro a Cuautitlán yo llegaba más alegre que de costumbre y con un tenue rubor en las mejillas debido a los efectos del carablanca.

Pero, como en la realidad no existen los finales felices al estilo de los cuentos de hadas o de las películas de Hollywood, en el año de 1997 se me apareció Juan Diego en forma de coitus interruptus que acabó con mis placenteros viajes en ferrocarril cuando el presidente Ernesto Zedillo Ponce de León decretó la privatización de los ferrocarriles y, por ende, los trenes de pasajeros desaparecieron.

Artículos relacionados:










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

3 Comentarios en “ El Charro rojo (II de II)”

  1. ignacio R. frías y camacho dice:

    le comentare algo mi estimado señor Escobar, un día de ese año de 1959, por la noche, tocaron en la puerta de la casa de mis padres, ubicada en la calle de Guerrero sur 19, mi padre en ese entonces fungia como jefe de la oficina del trabajo, (federal) que se ubicaba en la parte alta de Palacio federal, hoy Museo de Arte. Bien mi padre tuvo la feliz ocurrencia que lo acompañara, fuimos a la estación de los ferrocarriles, recuerdo que el Jepp en el que ibamos lo dejaron al centro de las vías y yo ahi dentro y me dijeron “no te muevas de ahí” veía nada mas las luces de bengala que salian disparadas por todas partes, y la balacera en todo lo que daba. al otro día al pasar por la zona militar, ubicada en lo que ahora es la expresidencia Municpal, en la segunda ventana que da a la calle dando vuelta de la calle de Guerrero, se encontraba preso un excelente amigo de mi padre don Ricardo Buenrostro “El Compañero” volteo a verlo porque me chifla y me dice a gritos dile a tu papá que estoy en la cárcel, para eso cruzó las manos entre si para demostrar las rejas. Le agradezco esta memoria del pasado.

  2. Mario Rodríguez Estrada dice:

    Oiga Sr. Escobar, aparte de los ferrocarrileros, también se sumaron al movimiento los maestros de la secc.IX del D.F., mi tía política, la Maestra Mercedes Reyes de Estrada, abauelita del Historiador Queretano David Estrada Correa, fué una de sus más acerrimas adherentes…en un trís estuvo de ser detenida muchas veces,pues siempre se les enfrentaba…y nunca pudieron detenerla, por lo que todo el tiempo temíamos por su integridad física…quiso y admiró mucho al Sr. Vallejo…gracias por su estupendo artículo…le saluda…Mario RE.

  3. Agustín Escobar dice:

    Estimados Ignacio R. Frías y Mario RE, agradezco sus valiosos comentarios, apreciaciones y señalamientos sobre el movimiento ferrocarrilero, un tema, como muchos otros en nuestra ciudad, pendiente de investigar a fondo para saber qué ocurrió en Querétaro con los trabajadores que fueron reprimidos por exigir mejores condiciones laborales y salariales.
    Un saludo a ambos.

Envía tu comentario