El ascenso de las nuevas masculinidades. La revolución secreta del feminismo.

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A Thomas Sankara (1949-1987) y al pueblo de Burkina Faso,
la patria de los hombres íntegros.

El pasado 11 de marzo de 2020, Harvey Weinstein, el más poderoso productor de Hollywood, fue sentenciado a 23 años de prisión por los cargos de acoso, abuso y violación de hasta cien mujeres afectadas a lo largo de tres décadas.
La lucha que comenzó el movimiento MeToo en octubre de 2017 no ha concluido, pues aún existe esa cultura machista que fomenta y reinventa las masculinidades caracterizadas por el dominio, el poder y la violencia. En el contexto de una álgida movilización feminista en México y Querétaro, resulta crucial remitirnos a las masculinidades como objeto de reflexión y como experiencia vital propia, a nosotros que hemos sido leídos y tratados con cuerpos de hombres a lo largo de nuestras vidas y épocas.
El estudio de las masculinidades se consolida en la década de los setenta, como elemento integrante y consecuencia directa de la revolución sexual de los años sesenta. Este hito cultural sigue vigente y somos testigos directos de la creciente necesidad de establecer un orden social democrático entre los géneros existentes en la humanidad, no sólo hombres y mujeres sino también visibilizar a los homosexuales, las lesbianas, las y los bisexuales, las y los transgéneros, etcétera. Al mismo tiempo, se intenta demostrar las múltiples formas en que estas expresiones de género se traducen en períodos de la vida humana que no siempre son reconocidos dignamente, como son la tercera edad, la infancia y la juventud.
Si Simone de Beauvoir en El Segundo Sexo nos advertía que lo personal es político, lo que implicaba que cualquier cuestión social era digna de ser reflexionada y discutida públicamente, esto significaba la apertura y la visibilización de las mujeres en la esfera privada, pero también el cuestionamiento del papel de los hombres en la esfera pública y, por ende, el modelo de masculinidad que se reproducía a través de las generaciones en diferentes contextos culturales y temporales.
Desde entonces, fue posible cuestionar esa falsa dicotomía entre la esfera pública y la privada, entre las relaciones desiguales o equitativas entre los sexos que se traducía en un orden social específico. En México, la situación de la UNAM como institución académica de primer orden no sólo en el país sino también para América Latina, y la forma en que dicha institución atraviesa una crisis orgánica desde la perspectiva de género, resulta en un fenómeno sintomático que habla de la cultura machista y la crisis sistemática que atraviesa a la región y al continente.
Las relaciones tóxicas de las parejas se constituyen en los referentes simbólicos de un modelo violento de masculinidad que se reproduce en conductas machistas concretas, desde los celos, la prohibición de mantener sanas relaciones con amigos y familiares, hasta la posesión, vigilancia y dominación total de la vida de las mujeres, sin dejar de lado los episodios violentos que escalan hasta el feminicidio. Esta es la romantización del amor tóxico que se consume cada 14 de febrero y, tristemente, se institucionaliza esta cultura machista desde nuestras relaciones sociales como hombres violentos y mujeres sumisas.
¿Qué podemos hacer para estar a la altura de nuestra época? ¿Cómo convertirnos, cada uno de nosotros como hombres, en resúmenes vivientes de esa cultura de género que se vislumbra cada vez más cercana y cada vez más nuestra? Afortunadamente existen los colectivos (la otra bandita en Querétaro) que trabajan las nuevas masculinidades e instituciones históricamente machistas como el ejército (el caso del Centro de Intervención para Hombres en República Dominicana) que atraviesan el desconocido campo de los hombres nuevos construidos desde la perspectiva de género.
¿Podríamos intentar algo así desde el espacio disponible en Diálogo Queretano y cambiar el triste curso de las apologías sin sentido que nos conducen a los mismos callejones sin salida? Hasta ahora, hemos visto contenidos realmente reivindicativos de la situación de las mujeres queretanas y mexicanas, y ojalá persista este periodismo militante todos los días en que se lucha, pero aún domina un silencio absoluto de la responsabilidad de los hombres para fundar esa cultura de género como proponía Marcela Lagarde en su texto Identidad de género y derechos humanos.
En este texto, la autora se refiere a ese paradigma de la cultura de género entre hombres y mujeres, caracterizado por la sororidad (la alianza política entre mujeres), la solidaridad (entre hombres y mujeres) y la mismidad, entendida como la satisfacción de las necesidades y deseos vitales de cada ser humano, de cada hombre y cada mujer.
En México, aún estamos huérfanos de esta cultura de género. Miles de años de patriarcado han penetrado secretamente en nuestras identidades de seres humanos, atraviesan los espacios más recónditos de nuestra autonomía como especie y deforman nuestra percepción y nuestra relación con la naturaleza. Es hora de ajustar cuentas a nivel individual, pero también a nivel histórico.










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

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