El antifaz

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 JoseAntonioMeade

POR Augusto Isla | Como el administrador del que habla el Evangelio, sabe sonreír, hacer amigos. Es cortés y gentil; no discrimina bandería política alguna. Se ha desempeñado en altos cargos de la burocracia federal con solvencia. Le respalda una formación académica indudable. Es lo que se llama ‘decente’, que más aludir a una virtud, acredita buenos modales.

Me refiero a José Antonio Maede Kuribreña, a quien el presidente ha escogido como el candidato de su partido para ocupar, si el voto mayoritario le asiste, la primera magistratura de este país. La decisión es atinada, clara como el alba. No es un militante, no pertenece al ‘parque jurásico’, no se le conocen obvias maniobras de corrupción: no se ha enriquecido como los Duarte, los Borge, los Moreira. Parece limpio en ese Jardín de plantas podridas.

Pero, ¿cuántas veces no se habrá visto obligado a obedecer órdenes incómodas de la superioridad jerárquica? ¿Cuántas veces no habrá tenido que pasar por alto sus íntimas convicciones? Me lo pregunto cómo el servidor público, de bajo perfil, que fui, impedido a responder a recomendaciones caprichosas, como “abra usted un espacio para exponer en el Museo de Arte a fulanita, pintora excelsa de caballos dignos de la cuadra de Pablo Hermoso de Mendoza”, por poner un ejemplo.

Compadezco a Meade, que tal vez soñó con una carrera intachable que honrara su nombre, su familia, su fe católica. Y sin embargo, a pesar de esas sombras que se extienden en el alma como un contratiempo funesto, goza de una imagen sonrosada. Parafraseo a Jesús Reyes Heroles; en política, a menudo no optamos por lo mejor sino por lo menos malo. Tal es la tragedia, por decirlo así, de ese ámbito del humano quehacer.

Pero no por eso, me atrevo a afirmar que ‘Meade es honesto’ como asevera López Obrador, el nuevo inquisidor de la Patria. Ni tan poco que es un ‘señoritingo’ –expresión clasista de su nulidad intelectual-. Pena me da esa mente corroída por la envida, a propósito de la cual, Napoleón dijo en alguna ocasión: “la envidia es una declaración de inferioridad”. ¿Podemos acaso confiar en este depositario único de la ‘esperanza’, en este alguien que si algo no conoce es la templanza? Pienso que no.

‘Meade lleva puesto un antifaz, un ‘look’ dorado en el juego de las apariencias. Los demás, en pleno carnaval, se lo han quitado: riqueza cuestionada, autoengaño, injuria… y se dejan ver, tal cual son, con el rostro degradado. Como el retrato de Dorian Gray.

 










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