Don Benito III (y último)

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Porfirio Díaz ante la tumba de Benito Juárez.

Porfirio Díaz frustró el afán reeleccionista de Sebastián Lerdo de Tejada en 1876. Y comenzó la era de Díaz. Larguísima. Más de tres décadas. Fue un gobernante formidable. Impuso la paz con mano de hierro. Grandes fueron sus obras. Y astuta la consagración de Juárez. El gesto de postrarse en la tumba del héroe de Guelatao encendió una luz que eclipsó los contornos humanos de su antiguo adversario.

Fue símbolo de una memoria que, como milagrosa pértiga, saltó del devenir histórico al cielo metafísico. En la conmemoración del centenario de su natalicio (1906), Justo Sierra, orador de la ceremonia, apuntó las continuidades sobresalientes de la Patria: Hidalgo, Juárez y, por supuesto, Díaz. Los tres símbolos de concordia y fraternidad.

El altar estaba construido. Francisco Bulnes, crítico del Juarismo, atisbó los rasgos del culto: “Juárez está en camino de ser un Buda zapoteco y laico, imponente y maravilloso emanado del caos intelectual, siempre tenebroso por la ausencia de criterio de nuestras clases ilustradas, por la exuberancia de vanidad de nuestras masas, por la necesidad de un catolicismo residual que busca siempre una imagen, un culto para la emoción social desprendida del sentimiento religioso.” Así profetizó el autor de “El verdadero Juárez y la verdad sobre la intervención y el Imperio”, el endiosamiento del Señor de Guelatao cuyo nombre ha invadido ciudades, calles, jardines, escuelas.

En la conmemoración del centenario del triunfo de la República (1967, el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz ordenó erigir, en el Cerro de las Campanas Querétaro) un monumento colosal y grotesco, justo arriba de la capilla que recuerda el lugar del fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mejía. Como para contrastar la pétrea grandeza de aquel prócer y la insignificancia mortal de éstos.

Al hablar de Julio César, Mommsen dice: “es muy difícil darnos una idea clara del individuo cuando todo lo que se dice de él es demasiado brillante.” Algo así sucede hoy en la 4 T, con la ‘porfiriana’ sacralización de Don Benito.

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