Don Benito I

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Una vez derrotado el Imperio, Juárez se dirigió a la ciudad de México. Su entrada fue apoteótica. El pueblo arrojaba flores, cantaba alabanzas. El héroe izó la bandera en Palacio Nacional. Respiró profundo. Era la alborada de un tiempo nuevo: el de la República Restaurada. Y él, por méritos propios volvería a ser presidente. Y lo fue: su triunfo en las elecciones de 1867 sería contundente. Pero el mapa político del país no era una dulce llanura.

Más bien, un zarzal. Las primeras medidas, en general todas, habrían de ser duras. Para comenzar redujo el ejército de 70 mil a 20 mil efectivos, pues ahí iba a dar el alto porcentaje de la renta pública, de suyo en bancarrota. Pero restablecer la vida constitucional implicaba algo más: combatir el bandolerismo, aplacar las revueltas campesinas, alinear a los gobiernos estatales. Don Benito apoyó a los gobernadores que gravitaban en torno a él; destituyó a quienes no lo seguían.

Don Benito gobernó con una mente centralizadora y autoritaria. La idea de la democracia, como hoy la conocemos, sólo pasaba por su cabeza tangencialmente, pero sí con firmeza la de modernizar al país: en educación e industrialización dio los primeros pasos en el cuatrienio 1867 – 1871. Mas la modernidad suponía desterrar las tradiciones culturales de la ‘indiada’. Traicionando sus orígenes, imaginaba una nación ‘mestiza’. Proyecto de largo plazo que sólo él, así lo creía, podía encabezar.

Por eso, buscó la reelección en 1871. Y la volvió a ganar. ¿Ambición de poder? Tal vez no tanto eso, como el no saber qué hacer si salía de Palacio. ¿A dónde irían él y su prole, sus hijas, sus yernos, aunque ya sin Margarita, la afligida Margarita que acababa de morir? Don Benito había sido toda su vida un burócrata; y el erario su única fuente de ingresos.

Pero las circunstancias se interpusieron a su voluntad de permanecer ahí donde acaso pensaba, en el fondo de su ser, que era su casa, su íntima pertenencia: la muerte por un mal cardíaco y la revuelta de la Noria que encabezaba su rival Porfirio Díaz, al grito de ‘no reelección’, pues, rezaba el documento que justificaba la revuelta: “que ningún ciudadano se imponga y perpetúe en el ejercicio del poder y ésta sería la última revolución”. A esas mentiras nos hemos acostumbrado los mexicanos

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Sufragio efectivo, no reelección. Respeto a la división de poderes. Sí a la vida y a la libertad de expresión.










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