Descifrando la educación feminista desde la lucha.

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Mientras que los medios sigan mintiendo,
las paredes seguirán hablando.

Dalias revolucionarias, cubículo de resistencia feminista

En el marco del vigésimo aniversario del final de la huelga de la UNAM, un hito en la lucha de las y los jóvenes por acceder a una educación gratuita y pública (cuya historia nos remitiremos en otro artículo), hacemos mención del actual panorama que envuelve a la máxima casa de estudios del país y de toda América Latina.
Se han cumplido más de dos meses desde la toma de la Facultad de Lenguas y Letras, el primer clarinetazo de alerta sobre la violencia de género que crece impunemente dentro de las instalaciones universitarias. Actualmente, las facultades de Ciencias Políticas y Sociales, Artes y Diseño, Lenguas y Letras, así como las escuelas preparatorias 3, 7, 8 y 9, se encuentran en paro como respuesta colectiva para denunciar los casos de abusos sexuales de maestros y estudiantes varones cometidos hacia sus alumnas y profesoras.
A la violencia de género se le incorpora la cuestión de la inseguridad que ha disparado los casos de narcomenudeos, secuestros, homicidios y feminicidios; la perpetuación de una ley orgánica antidemocrática que rige a la UNAM desde 1945, derivando en la creación de una junta de gobierno de 15 miembros, encabezados por el rector Enrique Graue, que aún hoy rige el destino académico de casi medio millón de estudiantes, profesores y personal administrativo.
Este panorama universitario es representativo de la actualidad del país como el segundo lugar en feminicidios del continente, el más corrupto de los miembros de la OCDE y uno de los más violentos a nivel mundial; lo anterior con la inútil pretensión de desarrollo nacional que hoy asume la Cuarta Transformación y su máximo dirigente para evocar tiempos de paz y de abrazos, dentro de un torrencial inmisericorde de crimen organizado y (re) militarización sobre una sociedad que (re) normaliza la violencia desde la desigualdad social (el desempleo, la discriminación y, en nuestro caso, la pauperización de la educación).
Detrás de estas cifras y hechos que han institucionalizado la violencia en la UNAM, existen las resistencias colectivas que viven y luchan sobre la memoria de los estudiantes desaparecidos, del legado de las estudiantes asesinadas y, no menos significativo en este paro, de la dignidad de las que denuncian y odian la violencia de género que pretende convertirlas en los objetos de placer y maltrato de compañeros, estudiantes y profesores.
El paro ha tomado un significado doble tanto de las estudiantes que han tomado las instalaciones como de las autoridades universitarias que disponen de todos los medios posibles para (re) victimizar y (re) criminalizar a las vivas y a las muertas. Ya existen los centros educativos que exigen una solución, pero sus demandas desaparecen desde el primer suspiro; la cultura antidemocrática existente en la UNAM no siempre ha sido monolítica, puede fracturarse, pero hasta ahora sigue respirando desde la impune senectud de sus dirigentes.
El historial combativo de la UNAM, que abarca los hitos estudiantiles de 1968, 1986, 1999-2000 y 2019-2020, es un importante referente para (re) pensar el futuro de la educación y la educación del futuro de México que incorpore en su seno, en su movimiento dialéctico hacia el porvenir, la democracia, la solidaridad, la diversidad, la ciencia, la autonomía, la dignidad como costumbre, la sororidad, la perspectiva de género como paradigmas culturales de desarrollo social de nuestros pueblos y de los pueblos del mundo.
El nacimiento de una nueva tradición revolucionaria educativa aún está lejos, y ciertamente se complicará su desarrollo desde un contexto nacional, cada día más monopolizado por las instituciones del crimen y la traición, pero que desde hoy podemos vislumbrar el futuro de forma tangible, es decir, asumiendo la existencia de los colectivos y los individuos que preparan el camino de las generaciones venideras para asumir el proyecto político-cultural que urgentemente necesitan los pueblos mexicanos.
La formulación de este proyecto político y cultural, que caracteriza el papel científico y libertador de la educación como creadora de hombres y mujeres nuevos, el nacimiento de nuevas relaciones de fraternidad y solidaridad entre dirigentes y dirigidos, es un antecedente olvidado que hoy retomamos con fuerza de la vida y obra del revolucionario cubano José Martí.
La educación del futuro mexicano será necesariamente feminista, apoyada en este paradigma mundial que es la cultura de género, como garante universal del cumplimiento de los derechos humanos, que supere la obra unilateral y machista que pretendió llevar a cabo la Revolución Francesa con sus derechos del hombre.
Dicho paradigma de género significa la construcción democrática de las relaciones entre hombres y mujeres, es decir, la creación y flexibilidad históricas para el surgimiento de nuevas sociedades en que se cumpla el libre desarrollo de cada uno para el libre desarrollo de todos los géneros.
Creo que también queda claro que esa cultura universal feminista de género, será una obra y creación históricas que tendrá sus puntos de partida en el estudio y apropiación del pasado progresista de nuestra América (José Martí) que hoy nos siguen impulsando a superar los viejos dogmas positivistas de la enseñanza y el aprendizaje, pero también a identificar los prejuicios de género que hoy nos asolan desde nuestros cuerpos de hombres y mujeres, amurallados en los discursos y roles que debemos cumplir monolíticamente, sea como padre violento o madre sumisa.
Con lo anterior, retomando muy brevemente algunos de los mejores referentes educativos internacionales, queremos traducir esos conocimientos y yuxtaponerlos con nuestros dolores y nuestras necesidades.
Si hoy necesitamos o no partidos revolucionarios al estilo fundador de José Martí para luchar contra los restos coloniales de España y la penetración económica e ideológica de los Estados Unidos a finales del siglo XIX, es algo que tendremos que asumir desde nuestras vanguardias y organizaciones (en nuestro caso, el movimiento feminista), desde nuestros tiempos y desde nuestras crisis.
En palabras más provocadoras para la historia de la educación en nuestro país, y que sólo el tiempo se encargará de corroborar o no, si es necesario confrontar, condenar y hasta abolir a la UNAM como institución de vanguardia que se ha erigido para México y América Latina, sería conveniente empezar a desligarnos de ese modelo institucional y educativo que se está volviendo contrarrevolucionario, cuya lógica está en función del modelo neoliberal del subdesarrollo latinoamericano. Lejos de celebrar y apoyar este paro que ha reivindicado la educación feminista del futuro en el seno de la máxima casa de estudios (suponiendo que una educación así sea posible en los límites estrechos y corruptos de este centro académicos), nos hemos conformado en idolatrar los estatutos machistas que trazan un nuevo origen y desarrollo venideros a las demás instituciones educativas del país y del mundo.
Edgar Herrera










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