Democracia y fascismo en América Latina

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Sólo un necio haría responsable a Marx por el Gulag; pero, lamentablemente, la provisión de necios es abundante.
Francis Wheen

No es casualidad comenzar este breve texto con esta frase, pues no sólo es compartida por generaciones ancianas del siglo pasado, sino incluso por la juventud de hoy que, sin haber participado ni experimentado en el contexto político y social de la Guerra Fría y de la Guerra Sucia en América Latina, sufre la paranoia del fantasma del comunismo cuando ni ellos mismos, las y los jóvenes, se toman la molestia de estudiar mínimamente la vida y obra de los fundadores del comunismo científico, Marx y Engels, y caen bajo el hechizo mediático de la derecha fascista latinoamericana no sólo para escalar en las instituciones burocráticas del capitalismo, sino que también son adoctrinados por discursos evangélicos y militares para convertir a estos hombres y mujeres jóvenes en algo así como los colonos fascistas que abundan en los territorios palestinos.

Hoy en día, muchos jóvenes que ya han asumido ideas liberales a favor del capitalismo (el célebre colectivo Students for liberty) se muestran ferozmente sarcásticos hacia el marxismo; en otros contextos violentos como en la Palestina colonizada, enfatizado con otros discursos libertarios disfrazados con programas políticos y religiosos, estas ideas se reproducen a través de las juventudes mediante una educación militar y con una maestría dictatorial que recuerda mucho a los campos de exterminio nazis y los gulags soviéticos. El tiempo borrará las fronteras entre estos discursos estudiantiles “libertarios” y aquellas prácticas coloniales abiertamente fascistas.

Bolsonaro se ha declarado contra aquellas ideas marxistas que abunden en Brasil, seguramente en un guiño hacia el Partido de los Trabajadores de aquel país, y tratando de respaldar su alianza norteamericana desde sus fuerzas armadas que, de manera sorprendente, rechazaron categóricamente la imposición de una base militar estadounidense por parte de Bolsonaro en tierra brasileña. Entre una burocracia recalcitrante y unas fuerzas armadas constitucionales, al menos en apariencia, significa otro escenario latinoamericano en el que se debaten la democracia y el fascismo, con todas las posibilidades explosivas de una violencia sistemática por parte de los Estados sudamericanos, comparables a los crímenes cometidos hace cuarenta años con el patrocinio del Pentágono y la Casa Blanca.

Nuestro fascismo es multifacético: se encuentra en los medios de comunicación (las gigantes cadenas informativas norteamericanas), en los partidos derechistas (PAN en México), en organizaciones evangélicas, en el patriarcado que segrega los espacios y luchas feministas, la influencia de la Iglesia Católica como gendarme milenario de las juventudes actuales, la discriminación hacia la pobreza, la xenofobia hacia nuestros países hermanos (el año pasado, el caso entre Colombia y Venezuela ante las crisis sociales del segundo país) y principalmente, reflejado en la intromisión del imperialismo norteamericano.

Nuestra democracia debe ser originaria y con bases populares, como podemos apreciar en el caso del municipio de Cherán, Michoacán; las y los compas zapatistas que han cumplido su primer cuarto de siglo como digna resistencia ante los grupos paramilitares y el Estado mexicano; la vanguardia trabajadora al norte del país ante la explotación maquiladora y la corrupción sindical charrista; las colectivas feministas, apoyadas en marcos jurídicos con perspectiva de género y activas militantes en la lucha cotidiana, que siguen transformando esta realidad del patriarcado mexicano en una sociedad con conciencia de género e incluyente de las diversidades sexuales.

La actual situación en Venezuela es nuestro primer desafío para defender la soberanía continental a través de la creación de lazos solidarios que se patentan en estos momentos entre las fuerzas armadas y su gobierno, así como la respuesta popular ante cualquier peligro dentro y fuera de casa; la solidaridad internacional que es una oportunidad valiosa para crear una conciencia colectiva de raíces populares; en pocas palabras, convertir la amenaza de una guerra internacional en una lucha de clases con una nueva dirección política revolucionaria que transforme positivamente el destino de los pueblos de América Latina.










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