Del Querétaro posmoderno y vivir de la calle

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Millones de pasos andan las calles de Querétaro, de la ciudad y de los alrededores. Millones de pasos que tropiezan en banquetas desfiguradas por raíces de árboles, por malhechuras de los constructores, por cementos rebajados por la corrupción, por varillas mal recortadas que dejaron al quitar anuncios o señalamientos o por todo lo que usted se imagine o haya comprobado al tropezarse, si no es que hasta haya caído.

Hay algunas banquetas que los gobiernos se empeñan en reparar, abrir y reparar, meter cableado y gas y dejar a medias y después volver a cambiar en su totalidad hasta nuevo aviso. Otras que se agrandan, se ensanchan como las de las calles más céntricas, dizque para que la gente sienta suyo el centro y vaya y conviva, y ciertamente la gente se desparrama sobre las banquetas ensanchadas y los andadores para encontrar “nada”. Pobre centro rebosante de pestilentes olores de drenaje y de un grado espeluznante de cultura que no excede al payaso y malabaristas de buena fe.

En las avenidas de gran afluencia vehicular también se han ensanchado banquetas sobre todo en los cruces de calles en los que se acumulan personas en espera de su turno de pasar, un acierto en principio si no fuera porque entre los miles que viven de la calle, hacen suyo el espacio para poner su comercio ambulante obstruyendo a todos los demás, a los que pasan, a los que esperan el camión o quieren cruzar, exponiéndolos al riesgo de ser arrollados. Entre éstos hay desde globeros y limpiadores de parabrisas, hasta vendedores temporales que instalan hasta tanque de gas, sombrillas y lámparas.

Algún permiso deben de tener, porque como en el caso que ilustran las fotografías, una camioneta estacionada sobre avenida de los Arcos casi esquina con Bernardo Quintana, ambas sumamente saturadas de tráfico vehicular y peatones, en plena parada de autobuses urbanos, se instala para bajar su mega carro vendedor y ahí en plena vía, obstruyendo el tráfico, preparan la hornilla con carbón, la cazuela con esquites, los elotes cocidos, destapan los paquetes de cigarros y bolsas de todo tipo de chicharrones inflados de sabe qué. Con paciencia de quien se sabe seguro de que la molestia que ocasiona a todos no ocasionará multa alguna, acomodan, retozan, instalan y retozan de nuevo hasta que, ante el asombro de transeúntes ocupan tres cuartas partes de la recién ampliada banqueta y el comprador ocupará casi el resto. El resto, o sea todos los demás quedan al amparo divino.

 

 










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