Cristo y la tortura

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No creo que haya una acción más brutal contra el ser humano que la tortura. Los narcos, que son especialistas en muchas cosas, son unos peritos altamente calificados en la crueldad. Las crónicas periodísticas de los muertos y degollados siempre dicen lo mismo, que los cuerpos presentaban signos de tortura. El mensaje a los enemigos es claro: en un momento la posibilidad de la muerte puede no espantarte, después de todo es como si te apagaran la luz, lo que verdaderamente estamos seguros que te aterrará, es que serás víctima de un suplicio que te llevará a esperar la muerte como una bendición.

Y es que la tortura te lastima en toda la pasta de la que estamos hechos. La tortura es dolor y sufrimiento. Es dolor porque te flagela el cuerpo, es sufrimiento porque te humilla el alma. No hay rincón de la condición humana, material y espiritual, que no te hiera al extremo.

Todo esto viene a colación porque cada año me hago las mismas preguntas y cada año me doy diversas respuestas: ¿Cuál es realmente el mérito histórico de Cristo, capaz de marcar un hito en tiempo de antes de Él, privilegio no concedido a nadie más? ¿Cuál es su aportación y vigencia en el mundo occidental, capaz de vivir en nuestro calendario con su presencia cotidiana? De una cosa no hay duda. Su imagen no es algo rígido o coagulado, sino susceptible de análisis infinitos, por lo que en su palabra todos los humanos podemos rescatar una enseñanza.

Hoy quisiera echar mi cuarto a espadas en una interesante polémica. Se dice que Sócrates y Jesús son dos de las figuras universales que más han influido en el destino de la humanidad, a tal punto -y éste es el quid de la discusión- que es muy complejo decidir, cuál de los dos es realmente más grande.

Ninguno de los dos deja testimonio escrito de su propio pensamiento y ambos pregonan la existencia de una vida mejor después de la muerte; son acusados por parecidos delitos y parecen haber tenido la posibilidad de escapar a la misma sentencia; los dos son mártires de la intolerancia ideológica y del temor del poder político. En Querétaro bien sabemos de los dos temas.

No obstante estas semejanzas, creo que la personalidad de Cristo es histórica y humanamente muy superior a la de Sócrates, Dicho sea esto sin tomar en cuenta ningún argumento religioso, de fe, de queretanidad. Es, considero, el proceso, la condena y la tortura de cada uno de ellos lo que marca objetivamente la auténtica dimensión y trascendencia de su vida y de su obra.

Sócrates es juzgado y condenado injustamente, pero el proceso y la aplicación de la pena se realizaron dentro de un apego estricto y puntual a la ley. Sócrates ante sus jueces no sólo ejerce sus derechos, sino que hasta abusa y provoca burlonamente a la asamblea. En prisión recibe la visita de sus alumnos e incluso se divierte. Muere por envenenamiento, pero la cicuta no provocaba un dolor prolongado, su efecto era paralizar los órganos y hundir en un sopor al condenado. De un sueño se pasaba a un sueño más profundo.

En cambio, Cristo es sometido a todo tipo de agravios a su dignidad y a su cuerpo. Desde la detención hasta su muerte, tanto judíos como romanos aplicaron sobre el Nazareno todo tipo de torturas identificadas hoy en día. Podría afirmarse que actuaron casi con el manual de un narco moderno. No escatimaron imaginación en su principal propósito: “quebrar al prisionero”.

Cristo padeció todas las penas físicas posibles sobre los sentidos: hambre, sed, fatiga, calor, frío; daños al tacto, al oído, a la vista, al gusto, al olfato. El gran apologista de la no violencia es amarrado, escupido, abofeteado, apaleado, azotado, pisoteado, tirado, arrastrado, jalado de los cabellos, de las barbas, descalzado, desnudado, jaloneado; obligado a beber agua con sal, mirra y vinagre. Es mantenido en lugares fríos; húmedos y malolientes. En todas las posturas incómodas posibles; la peor, crucificado.

Se los juro que no escribí este artículo después de ver el bodrio de película de Mel Gibson. Sigamos. En su cuerpo, un hematoma completo, quedaron señales de golpes dados con la mano abierta, cerrada, con el pie, con palos, lanza, bolas de acero, correas, clavos, espinas, piedras de anillo, lo más probable es que fuera jaspe, especie de mármol. En cifras lo anterior equivale a más de cien azotes, más de cincuenta salivazos; sólo los jueces del Sanedrín, que pasaron por delante de Cristo uno tras otro escupiéndole el rostro, eran más de veinte. Las espinas de la corona medían entre dos y seis centímetros. La cruz era de aproximadamente dos metros y habrá pesado, fácilmente, más de cincuenta kilos. Los clavos utilizados, al parecer, fueron catorce.

Hay algo importante. Cristo es un mártir pero no un masoquista. Es decir, no es un héroe, para quien el dolor sea fuente de alivio y hasta de satisfacción. Cristo no es un personaje sombrío. Ama la vida, asiste a las bodas, está con los niños, lo acompañan indiscriminadamente hombres y mujeres. Aprecia y reconoce públicamente cuando la maravillosa Magdalena le lava los pies y se los seca con su cabello. Esa emoción vital Cristo nunca la pierde a pesar de todo el maltrato sistemático que padece.

Independientemente de que el Galileo supiera su destino y estuviese resignado a él, nunca es una víctima pasiva que pareciera gozar con el sufrimiento o corriera presuroso en pos de más violencia. Nada de eso. El Hijo del Hombre como un prisionero moderno plenamente ilustrado, sabe sus derechos y los reclama. Está consciente, por ejemplo, de que nadie puede ser obligado a dar testimonio contra sí mismo. Hoy por hoy, una disposición aceptada en todos los países.

Cuando uno de sus juzgadores le pregunta sobre su doctrina, Jesús le responde: “Yo públicamente he hablado al mundo; siempre enseñé en las sinagogas y en el templo, adonde concurren todos los judíos; nada hablé en secreto. ¿Qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído qué es lo que yo les he hablado; ellos deben saber lo que les he dicho.”

Su hábil y justa contestación saca de quicio a uno de sus alguaciles que le da una bofetada, diciéndole: “¿Así respondes al pontífice?” Cristo no da la otra mejilla ni se amilana, sino que demanda: “Si hablé mal, muéstrame en qué y si bien, ¿Por qué me pegas?”

Cristo se percata pronto de que se encuentra con juzgadores y verdugos que tienen el cuadro completo de la terrible enfermedad del torturador. Este sujeto miserable va multiplicando su crueldad, pues quiere asegurarse que castiga un crimen; acrecienta su sadismo con tal de no padecer la terrible culpa de que ha abusado de un ser inocente. Por ello, el Mesías responde valiente y determinado, pero poco a poco opta por el silencio. Esta prudencia, esta vitalidad, este amor a la conservación de sí mismo, lejos de restar mérito al sacrificio de Cristo, le otorga más dignidad, valor y humanismo.

En fin, sin dejar de admirar y reconocer la extraordinaria grandeza de Sócrates, mi filósofo preferido, pero creo que no tiene punto de comparación con la vida, obra y muerte de Cristo. Pienso también, que si la humanidad hubiera profundizado en todos los castigos inútiles y salvajes que vivió Jesús, se habría avanzado más rápidamente en la lucha por proscribir ese terrible flagelo del mundo que es la tortura y que, por cierto, no es exclusividad del narco. Lamentablemente, en este asunto, como en muchos otros, la esplendorosa luz de la estrella de Belén todavía es un ideal inalcanzado.










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