El Charro Rojo (1 de 2)

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El pasado no está muerto; ni siquiera es pasado. William Faulkner

Una de las vías que atraviesan mi memoria para arribar al mundo de durmientes, locomotoras, estaciones, andenes, rieles, garroteros y maquinistas lo configuran antiguas canciones que aprendí en mi lúdico y lejano mundo infantil de mi escuelita pública, laica y gratuita, en la que mi profesora no respetaba los lineamientos educativos del Estado al pie de la letra y, como era católica, todos los días, antes de iniciar las clases nos hacía orar un Padre Nuestro y un Ave María.

Por supuesto que rezar después de cantar el Himno Nacional era tan normal como aprenderse de memoria el abecedario. Estoy hablando de la república de los recuerdos en que antiguas canciones formaban parte de la educación básica; las que más retengo son Máquina 5001, La rielera y Erre con erre. Curiosamente, la última de las tres es la que me ha marcado porque, de una manera u otra, ha figurado en algunos momentos importantes de mi existencia. Erre con erre en realidad es un inmemorial huapango muy arraigado en el Noreste de nuestro país desde finales del siglo XIX desde que el ferrocarril hizo su aparición en aquella región.

La vida, como las vías del ferrocarril

Años más tarde, a mediados de la década de los setenta, cuando ya estaba en edad de trabajar, conocí a Fabricio García (a quien le decían El Fab, por la marca de un detergente muy de moda) en el Departamento de Forjas de la Tremec, empresa metalmecánica que fabricaba transmisiones para automóviles y que en aquella época contaba con más de seis mil obreros. Mi amigo y yo teníamos tiempo de platicar sobre nuestras vidas al calor de enormes hornos y ensordecedores martillos que forjaban las piezas de las transmisiones. El Fab, algunos años mayor que yo, vivía en una vecindad del populoso y bravo barrio de El Tepetate, situado en la otra banda que se caracterizaba por sus pleitos de rompe y rasga, sus pulquerías y en el que no había noche en que no amaneciera un cristiano destazado por el ferrocarril; él había sido trabajador del riel siguiendo la tradición familiar que se remontaba al año de 1903, cuando fue inaugurada La Estación de Querétaro del ferrocarril por el dictador Porfirio Díaz y Francisco González de

Cosío, su par local. El Fab llevaba el nombre de pila de su papá, tal y como estilan algunas familias al bautizar a sus primogénitos. Por supuesto que en la casa de mi amigo también existía el huapango Erre con erre transformado en trabalenguas para corregir la dislalia de sus pequeños hijos que pronunciaban la letra erre como ele.

A Fabricio le había correspondido el nada honroso caso de romper la tradición familiar puesto que abandonó el riel atraído por los mejores sueldos que ofrecía la Tremec, situación que le preocupaba. Sin embargo lo que en verdad le afligía era un problema familiar que, en un momento de desahogo me confió. Hacía varios años que no le dirigía la palabra a su padre, desde el momento en que se enteró que había llevado una doble vida que ocultó por más de dos décadas. El papá del Fab no sólo tenía la familia de Querétaro sino que en San Luis Potosí también había procreado otros siete hijos con otra mujer con quien también se había casado por las tres leyes, como lo decía mi encabronado camarada, por la de Dios, por la de los hombres y por la de los pendejos. Lo que más emputecía a mi amigo era el hecho de que sus medios hermanos de San Luis habían sido bautizados con los mismos nombres que los de sus carnales y no sólo eso, había coincidencia en todo porque las dos familias estaban conformadas por cuatro varones y tres hembras cuyos nombres empezaban con la letra efe. Así, había dos Fabricios, dos Fermines, dos Fulgencios, dos Filomenos, dos Florencias, dos Floripez y dos Fuensantas con el mismo apellido. El Fab no acababa de entender, y menos perdonar, a su padre, para él era un enigma el porqué había bautizado a sus hijos e hijas con nombres que empezaban con la letra efe; era un misterio aquella dualidad. Se preguntaba si esto se debía a razones prácticas, por salud mental, por pereza o por falta de ingenio a la hora de bautizar a sus catorce hijos. Mi amigo pensaba que su progenitor había propiciado la repetición para no delatarse porque ninguna familia sabía de la existencia de la otra. Para su padre sendos hogares corrían paralelos, al igual que las vías del ferrocarril que jamás se bifurcan o tienen punto de coincidencia… salvo en caso de accidente. Justamente fue un descuido el que puso al descubierto la doble vida del padre de Fabricio, cuyas mujeres se enteraron del engaño al mismo tiempo quedando el maquinista como El perro envidioso de la fábula de José Rosas Moreno.

Las banderas del proletariado

Por supuesto que El Fab no sólo me confiaba los dramas familiares. Como nos habíamos convertido en buenos carnales, también hacía referencias a los recuerdos que lo entusiasmaban, que le iluminaban el alma. Uno de ellos, que nunca se cansaba de contar, pertenecía a la Semana Santa de 1959, cuando el Sindicato Nacional de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana emplazaron a huelga al gobierno de Adolfo López Mateos.

En aquella época El Fab andaba en los quince años de edad y La Estación de Querétaro era como su segunda casa porque desde niño acompañaba a su padre que era maquinista. Mi camarada recordaba que la huelga nacional convocada por Demetrio Vallejo le acarreó a los ferrocarrileros el sambenito de comunistas, cuantimás en aquellos años en que la ciudad de Querétaro, era mocha y chica, puesto que estaba integrada por lo que ahora es el Centro Histórico y los barrios de la otra banda La Piedad, El Tepetate, San Sebastián, El Cerrito y La Trinidad; a las ocho de la noche ya nadie salía a la calle porque se decía que a esa hora soltaban al león. El Fab tuvo el honor de estrechar la mano de Demetrio Vallejo en dos ocasiones en las que el líder sindical alentaba a los rieleros a no dejarse pisotear por el gobierno en sendas asambleas en La Estación. Por supuesto que los sindicalistas queretanos admiraban, respetaban y seguían a su carismático representante a quien los periódicos de la época descalificaban peyorativamente con el alias de “El charro rojo”; sus seguidores, que eran la mayoría de ferrocarrileros, demandaban mejores condiciones laborales y un 16 % de aumento salarial.

La prensa, tan vendida como ahora, también tachaba a los huelguistas de comunistoides, agiotistas y gángsteres; se daba vuelo llamándolos ‘resentidos por causas que no se han revelado’ y ‘dueños de edificios, camionetas, cadillacs’ y, en el colmo de la manipulación mediática, decía que los rieleros se comían a los niños recién nacidos. Por supuesto que estamos hablando de una época en la que el estado era gobernado por Juan Crisóstomo Gorráez, el macartismo estaba en su máximo esplendor y la cacería de brujas había aumentado sustancialmente, sobre todo por el triunfo de los barbudos de Fidel Castro y el Che Guevara en Cuba el 1 de enero de 1959.

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2 Comentarios en “ El Charro Rojo (1 de 2)”

  1. Mario Rodríguez Estrada dice:

    Excelente artículo mi estimado amigo Agustín Escobar…se nota que es usted Queretano hasta las cachas…me trajo muchos recuerdos…pues crecí a la sombra de estaciones, máquinas y oficinas telegráficas…mi padre era Telegrafista de primera en el sistema ferroviario nacional y como buen ferrocarrilero se casó varias veces…hasta que llegó a Quertarín y aquí le marcaron el alto…fué también potosino…pero , que yo sepa, nunca se aventó con familias paralelas, aún cuando un tío mío si se aventó esa “sana” ocurrencia…le fué como en feria…le saluda: Mario RE.

  2. Agustín Escobar dice:

    Estimado Mario RE, gracias por su apreciación, en efecto, soy queretano de los de antes, es decir de los aborígenes que habitaron estas tierras, antes de que en el horizonte se apareciera Santiago Apóstol; en mi árbol genealógico sólo figuran chichimecas de arco y flecha. Con tales antecedentes ¿cómo no voy a estar orgulloso de ser queretano?.
    También he conocido varios amigos ferrocarrileros y es un verdadero placer que mis letras le provoquen algunos recuerdos de las vidas paralela de los rieles.
    Un abrazo, Agustín Escobar.

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