Inocencio Reyes Ruiz Q.P.D.

07 Abr 20 | Diálogo Queretano | Clasificado en Autores | 1 Comentario »

EL BLOG DIÁLOGO QUERETANO LAMENTA PROFUNDAMENTE EL FALLECIMIENTO DE SU COLABORADOR Y AMIGO INOCENCIO REYES RUIZ, DESEANDO A SU FAMILIA Y AMIGOS PRONTA RESIGNACIÓN.


Una nueva cultura genérica en tiempos de aislamiento mundial.

28 Mar 20 | Edgar Herrera | Clasificado en Autores, Cultura | Sin comentario »


En un artículo anterior mencionamos la necesidad de construir una cultura genérica, tal como la concebía Marcela Lagarde en su texto Identidad sexual y derechos humanos. En estas difíciles condiciones de aislamiento mundial, que impactan directamente en la vida y la salud mental de los niños, los adultos mayores y las mujeres, resulta crucial intentar descifrar la actualidad del mundo desde la perspectiva feminista de esta cultura genérica.
Los tres principios de esta nueva cultura de género (solidaridad, sororidad y mismidad) se abren paso en diferentes latitudes del planeta y en grados distintos. No obstante, nos referiremos brevemente a la situación del país del sol naciente como guía de nuestras primeras reflexiones.
En el Japón, uno de los primeros países afectados por el Coronavirus, se resiste el embate biológico gracias a su formidable sistema de salud que se traduce en la no aplicación de una contingencia nacional; su industria y su mercado internos siguen prácticamente activos, influyendo poderosamente en el elevamiento de un espíritu nacional que nada tiene que ver con nuestra triste política moral, fomentada por la Cuarta Transformación. La apreciación y la resignificación de la vida humana y su armoniosa relación con la naturaleza, son resultado de una generosa concesión del gobierno nipón para permitir la libre circulación de sus habitantes ante el espectáculo ofrecido por sus famosos cerezos de flor.
Japón constituye uno de los referentes socioculturales más prominentes para investigar las necesidades, carencias, limitaciones y fortalezas de América Latina y el Caribe para generar una cultura democrática de género. Intentaremos delinear algunas ideas, aclarando que este artículo no agotará sus múltiples aristas de análisis.
¿Cómo podemos siquiera pensar la solidaridad entre hombres y mujeres cuando el 80 por ciento del personal médico en la región está constituido por mujeres, que refleja la extensión de los roles de género de aquéllas para el cuidado de las personas dependientes? Esta realidad arroja también luces sobre la vulnerabilidad de las mujeres ante el Coronavirus, especialmente para las mexicanas cuyo país ocupa el primer lugar de brecha salarial en el continente y, actualmente, en constante amenaza para profundizar los recortes salariales y elevar los despidos.
La feminización del sector laboral médico, que se precariza con la desigualdad salarial, es también acompañada por el peligro que implica el aislamiento de las mujeres y su retorno a los hogares, no solo para reproducir su rol de género para las actividades domésticas y del cuidado de los hijos y adultos mayores, sino que también revela la cuestión de la violencia ejercida por los esposos. De acuerdo a datos del INEGI en 2018, 4 de cada 10 feminicidios ocurren en el hogar en manos de sus parejas, mientras que 6 de cada 10 mujeres han sufrido violencia intrafamiliar.
Las mujeres, los niños y los adultos mayores son víctimas de esta pandemia silenciosa llamada machismo. Colectivos feministas y organismos internacionales han advertido de un aumento de la tasa de violencia en los hogares como resultado de un aislamiento permanente que reproduzca las tensiones psicológicas y económicas del confinamiento, la falta de apoyos y recursos del exterior y el corte abrupto de la movilidad como signo de la autonomía de las mujeres.
Naturalmente que nosotros, como hombres que hemos normalizado la violencia machista y que nos hemos autoviolentado de múltiples formas, tenemos una gigantesca responsabilidad de crear ambientes seguros y equitativos entre los sexos, visibilizando, durante el proceso, otras diversidades humanas con sus respectivas necesidades y temporalidades, como son la infancia, la vejez, los homosexuales, las lesbianas, etcétera.
Mientras que algunos Estados (Argentina, Italia, España, Chile, Israel) han militarizado su dominio autoritario, esto mediante el aislamiento y la asignación de la política de salud pública en manos de la policía y el ejército, otros Estados demuestran el fracaso y la ficción de su supuesta hegemonía mundial, como el territorio estadounidense que se ha convertido en el epicentro de la pandemia; Cuba, país víctima de un bloqueo que ha durado más de medio siglo, demuestra uno de los más elocuentes ejemplos de solidaridad internacional no con un pueblo hermano sino con la humanidad entera. Es la victoria de David sobre Goliat traducida en el campo de la medicina social.
Lo anterior es suficiente para demostrar que esa cultura de género, replicada en la solidaridad cubana, en la sororidad de los colectivos mexicanos y en la mismidad japonesa, necesita prosperar a escala mundial. La pandemia ha revelado las condiciones mundiales en que el machismo sigue matando a hombres y mujeres, ha quitado el velo de las condiciones internacionales, necesarias, para nacionalizar los servicios médicos privados (el caso de Irlanda) y acceder a una mayor justicia social y de salud pública como derechos humanos, constantemente mercantilizados en la era neoliberal.
En otras palabras, podemos apreciar estos tiempos de aislamiento como el ensayo mundial para crear y acelerar las condiciones de una nueva cultura de género, sin que medie una guerra para su victoria, pero sin ignorar la violencia que han practicado los ejércitos del mundo para pisotear cualquier intento democrático emanado de los pueblos y de sus más profundas necesidades y aspiraciones.
Marcela Lagarde consideraba la solidaridad, la sororidad y la mismidad no solo como puntos de partida sino también como fines, como metodologías políticas y valores nuevos orientadores de nuestras vidas colectivas e individuales.
Para las y los colaboradores de Diálogo Queretano, la lectura de Identidad de género y derechos humanos, y haciendo un esfuerzo honesto por intentar traducir las tendencias y contradicciones del planeta entero desde esta cultura de género, podría resultarles estimulante para aumentar su moral en tiempos de confinamiento depresivo. En lugar de reposar la mirada triste en la filosa guadaña de la parca, habría que ganarnos el derecho a una vida digna al reposar nuestras cabezas en libros alentadores, en lecturas que construyan utopías de largo alcance y transformen sus hogares en saludables laboratorios mentales para estos tiempos convulsos. Es nuestra pequeña contribución de solidaridad en el más sincero y puro sentido de la palabra.
Edgar Herrera


EL JICOTE “DIALOGANDO CON LA MUERTE” II y último

27 Mar 20 | Edmundo González Llaca | Clasificado en Autores, Cultura | Sin comentario »

Lo que más me aterra al llegar al final de la vida es todo el proceso burocrático previo, es decir, la agonía. Salvo un bendito infarto o un maldito chofer de combi, que nos aceleren el cambio a otra zona postal, La muerte llegará -tal vez- tarareando: “poco a poco, me voy acercando a ti”. Y es ahí donde me quiero ver.
Decía Sócrates que filosofar es aprender a morir. Ojalá me dé tiempo de echarle filosofía, pero no soy muy optimista. Pienso que, como cualquier mosco que es perseguido en un cuarto, me aferraré a la vida. Espero no alcanzar niveles de ignominia. Me he jurado a mi mismo que no gritaré, no me arrastraré, no chillaré suplicando tiempos extras. ¿Qué voy hacer?
No sé por qué pero, insisto, estoy seguro que veré a la muerte física y concretamente. La veré acercarse, dulce y suave como una tentación. Se sentará a mi lado. Yo le diré: “Perdone Señorita, pero los carbohidratos siempre son necesarios” Sin verme exclamará: “Cuando me llevo de este mundo a los sangrones, me da más gusto mi tarea”.
Me haré el desentendido para no entrar en discusión sobre su falsa opinión, pero la veré duramente a los ojos. Perdón, a sus huecos. Sentiré un poco de escalofrío al perderme en su negrura. Ella dirá con un tono irónico: “¿No me reconoces?” “Ya basta, soy la muerte y vengo por ti”. ¡Ay Nanita!
Nos quedaremos un momento callados. Ella reflexionará en voz alta: “El problema de los seres humanos es que piensan que la muerte es la negación de la vida. Nada de eso. Al vivir morimos y al morir vivimos. Si la humanidad supiera lo que le espera en el más allá, todos se pegarían un tiro al llegar al uso de razón. No es gran cosa, pero es mejor que aquí, simplemente porque uno está más solo y sin tantos fantasmas”.
Tomará con firmeza su guadaña y verá su reloj de arena, del que caerán unos granos apenas imperceptibles. Escucharé su voz metálica: “Ya es hora”. Le diré con un aire de suficiencia: “Tu tecnología está muy pasada de moda, creo que traes tu reloj adelantado”. “No, -responderá-, antes de venir por ti puse mi hora con el celular”. Sentiré un poco de miedo. Insistiré: “Déjame terminar de hacer el amor; déjame que me acabe esta copa; déjame concluir esta discusión; déjame decir unas últimas palabras para la historia”.
Ella suspirará desesperada: “Me choca venir por los queretanos, se echan unos rollos interminables.”. La muerte me dará un beso, sentiré el frío de su vacío. Suavemente me subirá en sus hombros.. En brevísimos instantes contemplaré nuestra esfera azul flotando en el espacio. Volveré los ojos hacia arriba, hacia el lugar que me espera (obviamente, dada mi bondad, una suite en el cielo). Quedaré maravillado. La muerte me preguntará: “¿En qué piensas?” Girando una y varias veces la cabeza hacia arriba y hacia abajo, como buscando comparar los lugares, le contestaré: “Pienso Muerte que, después de todo, tienes razón. La “rola” de la vida… no es para tanto”.


EL JICOTE “DIALOGANDO CON LA MUERTE” I

26 Mar 20 | Edmundo González Llaca | Clasificado en Autores, Cultura | Sin comentario »

Cada quien tiene su estrategia para exorcizar sus miedos, en mi caso me imagino dialogar en mi último momento con la muerte. Lo tendré al final de una divertida comida con los cuates. Ya en los digestivos sentiré una leve molestia en el pecho, me diré como siempre, no es nada por qué preocuparse. El perfil de mis amigos se hará borroso y sus voces las oiré lejanas; un poco de sudor frío y un adormecimiento en el brazo derecho, harán que me recargue en la silla para que la incomodidad pase.
De pronto, la veré a Ella, ceremoniosamente sentada al lado mío. Intentaré ligármela: “Perdone Señorita ¿No cree Usted que se ha excedido un poco con su dieta?”. Ella se mostrará solemne como agente de tránsito a punto de pedir mis documentos “¿No me reconoces?”. Me preguntará. Displicente le contestaré: “Sí, aunque no de cuerpo entero, como ahora. De niño, la vi en las banderas de los piratas y en pomitos que decían “Veneno”. Ya de grande en los letreros de los cables de alta tensión. Puede denunciarme por acoso, pero es más atractiva personalmente”.
“Basta de sangronadas, -me interrumpirá- vengo por ti, prepárate a morir”. No perderé la calma y la barreré con la mirada. “Me disculpa -le diré- la muerte que venga por mi, será elegante, estará vestida como la muerte de Posadas, con sombrero, pieles, joyas. Usted francamente se ve muy naca”. “Bueno -intentará disculparse- lo cierto es que antes me vestía así, pero me asaltaron en un uber y ahora ando más modesta”.
Para distraerla le pediré: “Me permite su guadaña”. “No, la última vez que la presté a un mexicano se echó a correr”. “Pues francamente se ve artesanía muy chafa -le comentaré para provocarla- ¿La compraste en Sanborns?” “¿Por qué dices eso?” Contestará molesta. “Simplemente -le responderé- ni siquiera trae inscrito un letrerito, algo así como, “Ahí guárdamela”. “Te equivocas”. –Dirá- Volteará la guadaña y se leerá: “The End”.
“¡Qué bárbara! -le recriminaré- “Eso está muy gringo”. “Cuestiones de la globalización, así todo mundo entiende que ya se le acabó la película”. Ya más zacatón le rogaré: “¿Puedo dejar un mensaje a la afición mexicana?”. Mejor apresúrate, pues están a punto de traer la cuenta de la comida y puedes morir con un rictus de dolor que se te va a ver horrible en el féretro”.
Resignado aceptaré. Preguntará: “¿Listo?” “Listo”. Diré con voz firme. Una profunda punzada ¡Zas! Un telón que se baja, una luz que se apaga; todo negro, el ala de un cuervo que me cubre; ruidos y murmullos que se pierden. Otra vez la claridad, volaré sobre su espalda, tomado de sus clavículas. “Estás fría”. Diré. “La elegancia es fría”. Responderá. Veré sus cabellos escasos en su nuca. Le diré romántico: “Muerte, tú, yo, el silencio, la soledad”. “Ya Edmundo, que no traigo condones”. “Te has vuelto amargada”. “No lo niego reconocerá- el neoliberalismo me ha cargado el trabajo”. Finalmente dirá: “¿Verdad que fueron inútiles tantas depresiones por el temor a morirte? Y no por hablar mal de la competencia, “pero no vale la pena tanto atribulo por esta pendeja vida “


El Amor está en la Sangre

27 Jul 19 | Carlos Ricalde | Clasificado en Autores, Cultura | 1 Comentario »

La conoció en Madrid. Se hizo amigo de Asunta a fuerza de ocupar casi todos los días la misma mesa, tomar una cerveza y unas tostas de tomate con aceite de oliva a eso de las 11 de la mañana. El pequeño restaurante-café-bar, todo en uno, era propiedad de Asunta, una joven venezolana que se avecinaba en el barrio de Chueca, en la calle Hortaleza, a unos pasos de la Gran Vía. Tres mesitas en la calle y otras tres dentro del local. Las mesas del interior permitían disfrutar de un ambiente modesto pero decorado con detalles de buen gusto, alusivos a la asombrosa diversidad geográfica de Venezuela y a algunos edificios y plazoletas iconos del barrio. En la barra de corta extensión destacaba la manija-perilla del dispensador de cerveza C. Schmidt’s de factura alemana en la década de 1930. A Lucío Quinto, el asiduo parroquiano, le fascinaba ver el derrame y la espuma de la cerveza expulsada por el dispensador y sacaba cuentas de cuántos euros se perdían por tal derroche. Sin embargo, prefería ocupar una de las mesas exteriores, sobre el arroyo, que era de tránsito peatonal; disfrutaba el paso de los transeúntes y, en especial, el cadencioso caminar de las mozas madrileñas. Asunta y Lucío a fuerza de verse intercambiaban pequeñas confidencias sobre la vida de cada uno y de esa manera se iban conociendo. Por ejemplo Lucío se enteró de que Asunta tenía dos hijos pero no tenía marido y ella conoció que su Cliente, así con mayúscula, y nuevo amigo, nació en la pintoresca Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, hoy Antigua, alguna vez capital de la República de Guatemala; supo también que tenía en Madrid un par de años estudiando periodismo y escribiendo, en sus muchos ratos libres, poemas y notas historiográficas sobre la inacabable ciudad a la que Lara, Hernández, Alberti, Neruda, Benedetti y muchos más han legado grandes loas. Lucío no tenía muchas oportunidades de conversar ampliamente con Asunta ya que durante la jornada laboral, obviamente, el rudo trajinar del restaurante lo impedía. ¿Verse por las noches? Imposible. Asunta atendía a los niños, jugaba con ellos, revisaba los deberes de la casa y de la escuela y ya dormidos preparaba la comida del siguiente día. Con todo, Lucío la veía los domingos y procuraba que a la hora de comer lo hicieran en un lugar donde los niños jugaran y él pudiera en ese tiempo platicar con Asunta. Al poco tiempo supo que su acercamiento con ella no iba a pasar de una sincera amistad, porque en el plan de vida de tan bella mujer, ¡los hombres no tenían cabida! En su experiencia, las parejas heterosexuales y, en general, las parejas de cualquier tipo, pagaban muy caro una corta relación amorosa, plena de sueños y de planes, de dicha y felicidad, de unión indisoluble, para toda la vida y más allá de la muerte, apasionada y ardiente, para que, a cambio y a muy breve plazo, el amor fuera dinamitado por la intolerancia, la incompatibilidad, el abuso, el maltrato y la ofensa, la frustración y, en el extremo, la violencia, golpes, traiciones y la separación o el crimen. Pero -argumentaba Lucío débilmente- las cosas no tienen porqué ser así, no todos los matrimonios fracasan ni todas las parejas se entienden a golpes. Lo sé -dijo ella-, sin embargo también sé que el amor es muy corto, porque se trata de un embeleso, de algo espontáneo, irracional. Sublime, sí; hermoso, también pero tan efímero como un suspiro y traumante como un dolor que no se entierra ni con el olvido, … ¡porque un amor perdido jamás se olvida! Lucío no quiso rendirse sin presentar batalla, sus ideas eran una madeja enredada en la que no lograba hallar una punta, una salida razonable y decorosa. Y como iba a hacerlo si él trataba de tocar el corazón de Asunta y ella le hablaba desde la razón. Pienso que te equivocas -ripostó Lucío con tono un tanto agrio- y tratas en el fondo de negarte al amor, de evitar una nueva oportunidad con un hombre con el que podrás ser plenamente feliz con todo y las consecuencias que has mencionado. ¿Acaso los dos hijos que tienes no fueron fruto del amor? La respuesta de Asunta lo dejó sin habla. Ella le contestó con palabras suaves y contundentes, serena y relajada, con la voz y el discurso de quien sabe que tiene la verdad en el alma, si no la verdad absoluta, por lo menos la de ella, su verdad, su convicción inquebrantable, su razón de vivir. Escúchame Lucío, mis hijos son fruto del amor, pero no del amor convencional de una pareja sino del amor más puro de una sola de las partes, en este caso, de mi amor de madre, de un poderoso e inevitable instinto de dar vida, de entregar mi amor y mis fuerzas hasta el último aliento por otra persona. Decidí que esa persona no sería un hombre para mí, ¡sino que sería yo para mis hijos! Se formó un vacío y los ahogó el silencio. Ella quedó exhausta porque vació como nunca su verdad; él se sintió incómodo y atónito porque pensó perder algo que ya contaba sin aún tenerlo. Pese a ello, apenas se repuso volvió a la carga diciendo: pero algo tuviste que sentir por el padre de tus hijos, caray, por lo menos odio si el embarazo fue contra tu voluntad. No, no fue contra mi voluntad, todo lo contrario, fue algo preconcebido, planeado y meditado cuidadosamente, busque el consejo de médicos, religiosos, familiares, amigos, libros y, sobre todos, el de mi conciencia y ahora te afirmo que tomé la mejor decisión de mi vida. ¡Mandé todos los consejos al carajo y se hizo mi voluntad! ¡Y ahora gríto a los cuatro vientos que soy inmensamente feliz! Lucío, totalmente opacado ante tanta dicha, débilmente preguntó: ¿y el papá, cada cuando ve a los niños? ¿cumple con la manutención? No me has entendido -lo atajó Asunta, explicándole con cariño y sonriendo-, te diré algo, escúchame bien, los niños son míos, solamente míos, el padre es desconocido porque acepté una donación de esperma en una Institución a la que firmé un documento que me prohíbe investigar y exigir que me revelen la identidad del donador. Me pasé mis nueve meses sin más ayuda que la de mi madre y di a luz un par de bellos gemelos, Antonio y Antonia, que ya tienen 7 años y los puedes ver correr sanos y alegres. Así de sencillo. El desconcierto de Lucío crecía en proporción inversa a su capacidad para hilar preguntas coherentes. Quizás por eso se atrevió a cuestionar lo que acababa de saber. ¿No pensaste en el derecho de los niños de conocer a su padre? ¿Y en todo esto el amor donde queda? ¿El amor para ti no existe? Por supuesto que lo pensé y que también creo en el amor, pero es algo que con el tiempo ellos podrían demandar a la Institución Donadora, si aún existiera, y las Leyes del momento concederles. Pero te diré una cosa más, increíble, que nos pasó a los tres y que cada vez que lo recuerdo se me eriza la piel. Hace cerca de un año, en un lugar como este, la niña se acercó a un señor joven. Yo la seguía con la mirada, vi que se detuvo junto a él, se miraron, hubo un titubeo y sin mediar palabra se abrazaron. Antonia regresó a mis brazos emocionada y con los ojos llorosos me dijo: ¡mamá, es mi papá! Yo a la distancia vi los ojos de ese hombre y sin duda alguna vi los de mi hija, Antonio es diferente a su hermana porque se parece a mí. Así que, apreciado Lucío, ¿me preguntas dónde está el amor? La respuesta es simple, no puede haber vida sin amor. Lo comprendí cuando se encontraron mis hijos con su padre, simplemente se vieron y se sintieron, de inmediato, sin dudas ni recelos, espontáneamente y para siempre. Ahí está la respuesta, el amor existe, ¡el amor está en la sangre!

Carlos E. Ricalde Peniche

Santiago de Querétaro Julio 14 del 2019


Carta a Proceso, Palabra de Lector.

24 Mar 19 | Julio Figueroa | Clasificado en Autores | Sin comentario »

Carta a Proceso, Palabra de Lector.

Director Rafael Rodríguez Castañeda

Atentamente

DIFIERO Y ACEPTO LA LIBERTAD CRÍTICA

Estimado director de Proceso, Rafael Rodríguez Castañeda:

Por supuesto difiero de los moneros de Proceso, Helguera y Hernández, en sus caricaturas sobre Enrique Krauze (Proceso, 17-III-2019 y 27-I-2008). No las censuro ni las repruebo; la libertad crítica es válida y respetable a uno y otro lado. Y nadie es intocable, ni Obrador ni Krauze. Sin embargo lamento que alimenten los prejuicios y no el saber crítico.

Cordialmente, su lector y amigo crítico y fraterno,

Julio Figueroa.

Qro. Qro., Col. Presidentes, México, lunes 18 de marzo 2019.


Dolor por la muerte de mi madre

06 Feb 19 | José Javier Ledesma | Clasificado en Autores | 2 Comentarios »

Un dolor profundo vuelve a estrujar mi alma por segunda vez. Mi Señora Madre, la maestra Juana Salome María Lara García, murió en la madrugada del día 4 de febrero de 2019, justo un año y tres meses después de que lo hiciera mi padre.

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33 SEGUNDOS DE LUZ

01 Dic 18 | Julio Figueroa | Clasificado en Autores, Cultura | 1 Comentario »

 Por suerte no todo es política. Alejandro Jodorowsky, 33 segundos de luz.  A ver qué hacemos con ellos, cordialmente.
Liga:  https://www.facebook. com/alejandrojodorowsky/ videos/2398014460216945/


“Aquellos tiempos”: EL GALANO ARTE DEL PASO DEL TIEMPO.

12 Nov 18 | Mario Rodríguez Estrada | Clasificado en Autores, Querétaro | Sin comentario »

Inevitablemente, el reloj de nuestra vida nos va marcando paso a pasito, segundo a segundo, el fin de nuestra no tan anhelada meta al infinito sideral, alejándonos de todo lo que amamos, llevándonos desnudos, tal como entramos en ella y con las manos vacías. Tal vez en nuestros postreros minutos, doña muerte nos permita recordarla, o por lo menos los mejores momentos.

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