Carta del Palabrero a don Nadie.

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–Escribo después de ver y comentar la película que todos vemos y comentamos estos días. Gracias por su atención.

–El truco del guerrero es aceptar que ya está muerto. ( Sidi , p. 108).

–Trabajos forzados en libertad.

Creo que todos deseamos ser vistos y reconocidos, quizá admirados y aplaudidos, de ser posible, pero… muy pocos nos ven y ni siquiera somos chiflados. Somos don Nadie.

Aquí empieza la lucha chiquita de la existencia en el mundo en que vivimos (ególatra, violento e indolente), y consiste en saber resistir ser poco visibles todos los días, ser anónimos sobrevivientes, y pese a todo, tratar de ser felices con nosotros mismos haciendo bien lo que sabemos y podemos hacer, por poco que sea.

Sencillamente vivir de nuestro propio asombro y reconocimiento de estar vivos, sabiendo que habremos de morir, pero antes…

No es fácil, porque todos queremos ser vistos y apreciados, como nosotros vemos y admiramos a otros, así sea a la distancia.

Ser un dichoso don Nadie con hambre de vivir y hacer vivir a otros, si es posible.

En corto, a la distancia, en secreto, discreta y modestamente.

Religarse con el trabajo que hacemos.

Y amén.

–¿Y la gloria y el dinero? –Pregunta don Nadie.

Si para alguna vez somos, somos para después de muertos, pero la vida es ahora y nunca más. Unos viven para la gloria y el futuro y otros el día a día.

¿El camino del Guasón o del Cobrador? ¿De Eróstrato o del Chapo Guzmán? ¿El camino del guerrero silencioso o de don Nadie escandaloso?

No sé, cada quien su camino, largo y sinuoso y a ratos dichoso y difícil, como todos los caminos de todos: túyoélnosotros y los otros todos que nosotros somos, con sus diferencias y sus coincidencias, sus banderas, triunfos y derrotas.

Amén, pero antes… resistir religados por lo que hacemos, sin esperar ni aplausos ni chiflidos. Amén.

ENCUENTRO y maravilla de las palabras / ¡Oh otredad!

–Al llegar a mi casa, y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigado, decidí seguirme. El desconocido -escribo con reflexión esta palabra- descendió las escaleras del edificio, cruzó la puerta y salió a la calle. Quise alcanzarlo, pero él apresuraba su marcha exactamente con el mismo ritmo con que yo aceleraba la mía, de modo que la distancia que nos separaba permanecía inalterable.

(…)

–Me sentí solo, expulsado del mundo de los hombres… En el camino, tuve esta duda que todavía me desvela: ¿y si no fuera él, sino yo…?

–Comienzo y recomienzo. Y no avanzo. Cuando llego a las letras fatales, la pluma retrocede…

–¡Agua, agua al fin, palabra del hombre para el hombre!

(Octavio Paz, ¿Águila o sol?, México, FCE, Col. Tezontle, 1951; Col. Popular, 1973, 1975…, pp. 76 y 79, 7 y 114).










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