Cardenal Bertone, ¿tradicional y libertario?

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Tarcisio Bertone, nacido en 1934, es un hombre simpático, culto, inteligente, rápido de entendederas, bromista, intelectual, querible. Habló bien y largo. Leyó e improvisó. A veces se enredó un poco con su español, pero siempre salió adelante, y hacia el final quizá se hizo largo y cansó un poco. Me dio mucho gusto que citara a Gabriel Zaid. Y su mención es central.

Comenzó agradeciendo y reconociendo la importancia y la belleza del lugar donde estaba, para decir inmediatamente que había leído en un periódico mexicano (en realidad una revista, Proceso 1681: “La Iglesia ‘toma’ la cuna de la Constitución”), que él no venía a “tomar la cuna de la Constitución”:

–No es así, yo no vengo a “tomar” nada. En este lugar sagrado para la historia política del país, yo espero que mi presencia aquí sea constructora. No quedarnos en el laicismo del siglo XIX sino que éste progrese. Hacer un camino nuevo, con una voz libre y que progrese el laicismo mexicano.

Pienso que tal vez nuestro laicismo político mexicano sigue siendo muy decimonónico porque la Iglesia Católica mexicana sigue siendo muy colonial. Más atenta a los dictados de Roma que a la realidad nacional viva, contradictoria, cambiante y explosiva. Una Iglesia poco nacionalista y poco moderna. Es decir, en este punto no ha habido progreso de las dos partes.

Cardenal Bertone:

–El solemne marco que hoy nos acoge nos permite ahora, a un siglo de distancia, echar una mirada serena y desapasionada a la historia reciente de México —a veces dolorosa, mas siempre llena de vitalidad y de esperanza—, para reflexionar juntos acerca de la presencia de la Iglesia y de los católicos en la vida pública del país y de su papel en la configuración de la cultura mexicana, y alentar a todos aquellos que se esfuerzan decididamente en tender puentes entre la fe y la razón, en alentar el diálogo franco y cordial entre la fe y la ciencia, en entablar relaciones fluidas y fructíferas entre la fe y la cultura.

Sin duda que la Iglesia ha tenido y tiene una importante presencia en la vida pública y cultural de México. ¿Está en crisis esta presencia y esta cultura católicas? Gabriel Zaid en los años setenta del siglo pasado le dijo a un obispo holandés que sí, y que no podía “darle la menos esperanza” para que ésta renaciese:

–En México, fuera de los vestigios de mejores épocas y de la cultura popular, se acabó la cultura católica. Se quedó al margen, en uno de los siglos más notables de la cultura mexicana: el siglo XX. ¿Cómo pudo ser? Todavía me lo pregunto.

Y en otra parte el mismo Gabriel Zaid (“Nueva edición de López Velarde”, Leer poesía, 1999) dice:

–El nacionalismo de López Velarde era el de la nación cristiana perseguida por la Revolución francesa en Europa, y por las leyes de Reforma en México. Un nacionalismo de estirpe romántica que afirma los valores locales y tradicionales (lo que hoy se llama identidad) frente a la imposición violenta del progreso externo. Tanto en Europa como en México, la cultura católica, destronada como cultura oficial, se repliega a la provincia, como un Arca de Noé de los valores auténticos, mientras pasa el diluvio. Hasta que la paloma vuelve bajo el liderazgo de León XIII, cuyo largo papado (1878-1903) transforma esa militancia defensiva en apertura al mundo moderno, bajo la consigna nova et vetera: unir lo nuevo con lo viejo. Esto produjo una efervescencia vanguardista en los medios católicos, de efectos muy notables en la creatividad social y cultural, a fines del siglo XIX y principios del XX, en Europa y en México.

–Los católicos mexicanos de vanguardia crearon cajas populares y cooperativas, fundaron una multitud de periódicos locales, criticaron la dictadura y participaron en la Revolución mexicana.

Aquí está el punto central, a mi modo de ver, en que la modernidad se encuentra con la tradición en el propio ámbito religioso: la forma de unir lo nuevo con lo viejo. ¿La han encontrado, desarrollado y practicado los hombres de cultura, intelectuales y académicos de la Iglesia Católica en México? Sus discursos a veces parecen más antiguos que los del PRI.

Por supuesto el cardenal Bertone y el doctor Guerra no comparten enteramente el diagnóstico pesimista de Zaid. Y creen ver y tratan de dar una esperanza para el renacimiento cultural católico. Yo le creo más al escritor crítico, ensayista y poeta, quien por cierto este 24 de enero cumple 75 años, que al filósofo y al cardenal.

En seguida Bertone ponderó la importancia que la cultura tiene para la Iglesia:

–La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe… Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida.

Y pasó a definir su concepto de cultura:

–Cultura es aquello que permite al hombre ser más hombre, crecer en su propia humanidad. La cultura no es un fin en sí misma, por cuanto noble y elevada, sino un medio para llegar al humanismo integral del bien de todo el hombre y de todos los hombres. Toda expresión cultural que no contribuye a la plena humanidad de la persona, no es auténticamente cultura.

A mí me gusta más la concepción de Ortega y Gasset, quien veía a la cultura como el conjunto de preguntas y respuestas que los individuos y los pueblos se van dando en el transcurso de su vida y de su historia. Preguntas y respuestas, cambian las preguntas y cambian las respuestas. Además, pienso, toda cultura es un proceso de acumulación y, tarde o temprano, una ruptura y una transformación. La tradición de la ruptura (Octavio Paz) y el encuentro y el combate entre lo nuevo y lo viejo, entre tradición y modernidad. En todo tiempo y lugar coexisten varias formas culturales en diálogo, mezcla, abrazo, rechazo y lucha.

¿Admite la Iglesia Católica la diversidad, pluralidad, diálogo, lucha, abrazo, confrontación cultural? No, porque ve a la otra parte sólo en su forma negativa: “La lista es larga: sacrificios humanos, infibulación, discriminación y maltrato de la mujer, aborto, etc.” Curiosamente en esa larga lista y en ese etcétera se omiten las prácticas de la Santa Inquisición, en las que en nombre del Bien se exterminaba al Mal, representado en personas concretas: crímenes en nombre de Dios.

Sigue el cardenal Bertone:

–La cultura se sitúa en el orden del ser y no del tener. El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. El hombre, y de modo análogo los pueblos y las naciones, valen más por el conjunto de sus valores morales y espirituales que por los índices de crecimiento económico e industrial, que a menudo dependen directamente de los primeros.

Bien. ¿Alguien se imagina a Jesucristo y sus doce apóstoles viviendo en Ciudad del Vaticano? ¿A la Madre Teresa (quien dio todo hasta sangrarle el alma) viviendo como viven una gran mayoría de los obispos y cardenales, los representantes de Dios en la tierra?

Finalmente, en su concepción de cultura, Bertone la define como el “primado del ser sobre el obrar… en el principio existía la Palabra, existía el Logos…”. En suma, la cultura de la palabra contra la cultura de la praxis. Pero no de cualquier palabra: “Ante todo, esta cultura de la palabra se nutre de la Sagrada Escritura”. ¿Y la poesía, la novela, el teatro, el ensayo político, la filosofía, la música, la pintura, la arquitectura, la danza, el cine? Toda la modernidad parece quedar fuera de esta tradición católica. ¿No es esa su crisis actual?

¿En el principio fue la acción o el verbo?

Bertone:

–Hay que contemplar el mundo, antes de pretender transformarlo.

–La visión cristiana de la realidad es una apuesta por un mundo de sentido frente al absurdo de un devenir irracional guiado por las solas fuerzas materiales.

–En esta alternativa entre razón e irracionalidad, el cristianismo se presenta, por tanto, como la cultura de la palabra y la religión del logos, abriendo al hombre un camino nuevo.

–Palabra, comunión, verdad, amor: conceptos fundamentales para una cultura cristiana, para una paideia, que es el ideal en que los griegos cifraban el pleno desarrollo del hombre y que Roma tradujo como humanitas.

Sí pero no: falta la mirada crítica de los griegos y de la modernidad, la duda sobre sí mismos, la duda de las propias palabras, la duda de las sagradas escrituras. Y el examen de conciencia de la fe cristiana.

De las cuatro partes que componen el discurso del cardenal, la segunda la dedica a “la síntesis barroca de América”. Dejo a los historiadores el análisis crítico y el desciframiento de la enredada mezcla de teología, historia y mitología en torno a la extraordinaria e inverosímil creación cultural popular de la Guadalupana, que por cierto la Iglesia Católica se tardó mucho tiempo en reconocer y hoy, naturalmente, enarbola y usufructúa por todos lados. Al paso: ¿cuánto dinero ingresa a la Basílica de Guadalupe por concepto de limosnas, donaciones y diezmos, y cómo se usa? Sin duda la Guadalupana es una parte fundamental de la identidad nacional mexicana. Pero no es el único elemento, por importante que éste sea. También lo son: el idioma, el territorio, la comida, el tequila, la cerveza, el pulque, la música, los charros, las pirámides y todas las piezas prehispánicas, la literatura, la pintura, los murales de Orozco, Rivera y Siqueiros, Tamayo y Toledo y Cuevas, las adelitas, las madres soleteras y jefas de familia, el 10 de mayo, Pedro Infante, Cantinflas, Tin-Tan, el box, las luchas, el futbol, el cine, la fotografía, la caricatura, Octavio Paz, Sabines, Pellicer, Vasconcelos, Revueltas, Poniatowska, DD… En fin, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid podrían decirnos mucho más al respecto. Hay un libro fundamental que aquí tengo a la mano y que sólo he podido leer la mitad y que ha sido muy poco atendido, salvo por Adolfo Castañón, quien me lo descubrió: me refiero al importante libro de Carlos Monsiváis, Imágenes de la tradición viva, FCE-Landucci-UNAM, 2006, 672 pp.

Sigamos con Bertone, quien en su tercera parte señala un gran divorcio entre la cultura popular y la cultura de las minorías dirigentes:

–Es paradójica la escisión entre la cultura ilustrada de las élites, que viven mirando a Europa o Norteamérica, y la cultura barroca del pueblo.

¿Este mismo divorcio no existe entre la élite de la Iglesia? Bertone así lo reconoce e intenta dar dos explicaciones al respecto:

–En primer lugar, habría que mencionar la persecución sufrida por la Iglesia en México. La Iglesia fue deliberantemente expulsada de los ámbitos públicos de creación de alta cultura, especialmente de la Universidad y del foro político. Liberales y revolucionarios aplicaron con éxito una estrategia de aislamiento, especialmente en el área de la educación. Este proceso, como sabemos, fue particularmente violento en el siglo XX, en el que se desencadenó una sangrienta represión contra la Iglesia.

Es el párrafo más político y más polémico del secretario del Papa. Su mención de la compleja Guerra Cristera de los años veinte del siglo pasado. Y en seguida trata de suavizar agregando más elementos:

–Sin embargo, sería equivocado atribuir toda la culpa a elementos externos, y a la existencia de tramas de poder, ciertamente activas y poderosas, que persiguen eliminar la presencia de la Iglesia en la vida pública.

–Es necesario constatar también que los esfuerzos católicos para la producción de la cultura han tenido, en general, un éxito mermado. Han faltado en ocasiones la creatividad necesaria para dar vida a nuevas propuestas culturales. Mientras que Europa y América conocieron a finales del siglo XIX y principios del XX una explosión de creatividad en todos los órdenes, con notables reflejos de la vida cultural mexicana, los católicos no supieron integrarse adecuadamente en las vanguardias, ocupados como estaban en la defensa de su propia identidad…

Y termina coincidiendo con Zaid:

–La resultante de todos estos factores es que, mientras que en el pasado de la Iglesia tuvo un papel destacado en la vida cultural de México, como en el resto de la cultura del Nuevo Mundo, con un florecimiento en los siglos XVI-XVII, en la pasada centuria, una de las más brillantes en la cultura mexicana, al Iglesia y los católicos apenas tuvieron incidencia en ella.

¿Cómo va a resurgir la cultura católica? ¿Qué propone Bertone? Algo fundamental:

–Que los católicos y no católicos acepten escuchar las razones del otro. Con Habermas, la “disposición al aprendizaje mutuo”.

Por último, concluye el cardenal, ante las decepciones del Estado y del mercado, que han ido “ocupando con eficacia el ámbito de las instituciones y de la vida pública, pero sin ofrecer al hombre el sentido profundo de su existencia, urge la evangelización de la cultura en México… Mientras no iluminemos con el Evangelio el alma de la cultura, no podemos esperar la transformación tan anhelada de nuestros pueblos.”

Sólo olvida el hombre de fe que la institución de la Iglesia también ha sufrido un incesante desgaste y que cada vez parece ser más la gente que mantiene sus creencias religiosas pero separadas de las instituciones eclesiásticas y aceptando ciertos valores modernos: por ejemplo, el uso de los anticonceptivos y las nuevas relaciones de convivencia. “¿Cómo dar a luz una nueva cultura cristiana en este comienzo del tercer milenio”, con una Iglesia también desgastada como el Estado y el mercado, y tal vez separada de una parte importante de la sociedad? Es la pregunta que no se hace Tarcisio Bertone.

Si hay que evangelizar la cultura, igualmente habría que modernizar y liberar la enseñanza evangélica. ¿No es acaso lo que hicieron Nikos Kazantzakis y La última tentación de Cristo, Tolstói y sus relatos cristianos y Vicente Leñero y El Evangelio de Lucas Gavilán? ¿Pero caben los cristianos hipercríticos dentro del aparato rígido de la institución de la Iglesia? ¿Se encontrarán algún día la tradición y la modernidad en el examen crítico de conciencia de los jerarcas de la Iglesia? Sin renunciar a sus dogmas, ¿cabe la tradición libertaria en la Iglesia Católica más bien autoritaria?

Yo me quedo con el último aliento del cardenal Bertone:

–No todo esta perdido. No hay tiempo para el desaliento. Nada ganamos con dejarnos vencer por la inercia o la rutina. No podemos cruzarnos de brazos pensando que cualquier esfuerzo en el terreno cultural es fatiga inútil o empresa imposible.

–Hay que remar mar adentro y echar las redes en nombre de Jesucristo.

Así sea. Yo también me siento un humilde trabajador de la cultura de la palabra, pero no de Jesucristo. Lo siento. ¿Quién escribe cuando escribe el palabrero rodante?










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Un Comentario en “ Cardenal Bertone, ¿tradicional y libertario?”

  1. Gonzalo Ruiz Posada dice:

    No, por supuesto, Tarcisio Bertone no vino a tomar la cuna de la Constitución, vino a tomar el país, con ese doble papel de representar al Estado Vaticano y el hecho de ser los soldados de dios, como dijese un PANista, revolviendo la política con el gatopardismo de la religión.

    Habrá que modernizar el laicismo del siglo XIX. Yo no sabía que el Estado Lacico se aceda, caduca o se moficia con el paso de los años.

    Siglo XIX, siglo XX y siglo XXI. EL Estado Mexicano es LAICO y punto.

    Si quieren su partido polítio, su canal de televisión, su estación de radio y que se les entregue la educación pública para que la aborden, la dominen y la usen para sus aviesos fines, se han equivocadop de país.

    El Vaticano está quebrado, como consecuencia de esta brutal crisis globalizada y considera a México como “su caja chica” para subsanar su quebranto económico.

    Dejen en paz a Cristo, y su negocios planteenlos a un pueblo más ignorante.

    Aquí respetamos y defendemos los logros al grito de viva JUÁREZ!!!

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