Campañas negativas y guerra sucia

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La campaña negativa,

Resalta cualquier defecto,

Se golpea al que está arriba,

Y a veces con buen efecto,

Pero mentira y diatriba,

Para mí es poco correcto.

Estamos a menos de 60 días de las elecciones más importantes en nuestro país, en las que más que por un candidato, se va a votar por un proyecto de país. Es más que un referéndum, ya que éste, implicaría votar por la continuidad o no del modelo económico-social vigente que han impulsado los gobiernos recientes, tanto del PRI como del PAN, pero nosotros, los votantes tendremos oportunidad de escoger entre esa continuidad y otra opción diferente, que reivindique el rol del Estado como defensor de los intereses del pueblo con el fin de avanzar hacia una verdadera justicia social, ya que como dijo Noam Chomsky (lingüista, filósofo, politólogo y activista estadounidense, profesor emérito de lingüística en el Instituto Tecnológico de Massachusetts,

a quien el New York Times lo ha señalado como «el más importante de los pensadores contemporáneos») en una entrevista del año pasado en la que dijo que el neoliberalismo que vivimos comenzó alrededor de los años 70, y consiste en debilitar y eliminar los mecanismos de la solidaridad social, de la mutua cooperación y del papel del pueblo determinando la orientación política y que en este contexto, libertad significa libertad para subordinarse a las decisiones concentradas e irresponsables del poder privado y que todos los mecanismos construidos para permitir la participación del pueblo en las decisiones políticas son debilitados o eliminados.

Cada vez que un candidato habla de políticas públicas que pueden tender a ayudar a las grandes mayorías de la población, de inmediato se le tacha de “populista”, término ambiguo que cuando se usa de manera “peyorativa”, pretende señalar el uso de “medidas de gobierno populares”, destinadas a ganar la simpatía de la población, aun a costa de tomar medidas contrarias al estado democrático. Lo mismo les sucedió a algunos obispos de la iglesia católica cuando impulsaron la llamada “teología de la liberación” (iglesia para los pobres) que fueron señalados por la alta jerarquía como “populistas”. Estas descalificaciones simplistas son utilizadas por grupos conservadores, que no quieren debatir sobre la injusticia, ven como “normal” que un pequeño grupo de personas tenga grandes privilegios y que la gran masa de población viva en la miseria, en la explotación, en la marginación. Así ha sido siempre dicen y así debe de seguir, no hay por qué querer cambiar el orden natural de las cosas.

Hace unos días apareció publicidad en gran parte del transporte público para anunciar una serie de documentales que pasarían en algún canal de televisión de paga, bajo el título de “Populismo”, incluyendo a personajes tan disímbolos como Perón, Chávez, Lula, Putín, Tromp y López Obrador. Este último se quejó ante el INE, pero no como dicen sus detractores para impedir la libertad de expresión, sino que simplemente solicitó información sobre los promotores y productores de tales documentales, ya que la legislación electoral vigente no permite que particulares contraten publicidad a favor o en contra de alguno de los candidatos. Muchos analistas, sobre todo de los medios masivos de comunicación, insisten en que esta ley atenta contra la libertad de expresión sin tomar en cuenta que el costo de contratación de una publicidad contraria o de apoyo a un candidato en dichos medios es muy alto y sólo la pueden pagar las personas con muchos recursos y al supuestamente defender la libertad de expresión están defendiendo la inequidad. No he visto el documental ni me asusta que lo pasen, pero a mí también me gustaría saber quiénes están atrás de él. Los votantes tenemos derecho de conocer experiencias sobre el populismo en el mundo, pero también sobre los efectos del neoliberalismo.

En el plazo que falta para llegar a las votaciones se van a intensificar tanto las campañas negativas como la guerra sucia (que no es lo mismo). Las campañas negativas consisten en que cada candidato dedicará más esfuerzo para dar a conocer a la opinión pública los principales defectos de sus adversarios y los inconvenientes de las propuestas que vayan haciendo, que el esfuerzo y tiempo que destinará para hacer sus propias propuestas para resolver los complicados problemas que nos aquejan. Por otra parte, la guerra sucia, consiste en inventar hechos, situaciones y hasta presuntos delitos contra los contrincantes, sin importar la veracidad de los mismos, con el fin de provocar en el electorado animadversión, malestar y hasta temor hacia alguno de ellos. Estudios sobre el particular señalan que mientras que un comentario favorable se expande a 4 personas, uno desfavorable llega a 10 y si por ejemplo hay un 45% de la gente que piensa que un candidato es culpable de un acto de corrupción y gracias a la guerra sucia sale una noticia falsa que pretende confirmar esa percepción, la proporción de la gente que lo cree sube al 80% y después, si los medios aclaran que esa nota era mentira, el porcentaje que lo seguirá considerando culpable bajará digamos al 51%, pero siempre quedará arriba de la percepción inicial, razón por la que es tan usada esta práctica, desprestigia que algo queda.

Las campañas negativas son válidas y se utilizan en todas partes, pero la guerra sucia me parece poco ética y mucha gente la hace inconscientemente, recibe una nota, le agrada porque es contraria al candidato que no quiere y a difundirla con alegría, sin importarle su veracidad. Esta es otra de las características de nuestra incipiente democracia, no podemos dejar que fluya y que gane el que alcance más votos en buena lid para después apoyarlo en las tareas de gobierno aunque no hayamos votado por él. ¿Usted qué opina?

memo_casa@yahoo.com

 










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