Calentamiento global. Los paradigmas culturales.

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Hace unos 15 años, mi amigo Adolfo Aguilar Zinser vino a Querétaro, invitado por Paty Ruiz Corso, a dar una plática en una sede de la Legislatura ubicada en la calle Madero, de aquí de Querétaro. Empezó su exposición haciendo mención que en la página 16 de El Universal , el día anterior, había salido una noticia, casi escondida, sobre el desprendimiento de un gran iceberg, de 200 kilómetros de ancho, de la Antártida, haciendo hincapié en el escaso valor noticioso de un hecho grave para el planeta. Ahora ese tipo de noticias ya son lugar común. Se han superado las peores expectativas planteadas para el 2030 y algunas del 2050, ahora en 2019.

En Europa cada mes de julio, consecutivamente, se declara el mes más caluroso en 100 años o desde que se registran las temperaturas, y así será, año con año.

Cada país, cada gobierno, recoge esta información y los efectos del calentamiento global en diversos campos: Deshielo, incendios, biodiversidad, desertización y desertificación, huracanes cada vez más violentos y costo en infraestructura, etc. sin embargo, parece que todavía no nos lo creemos. Los efectos sobre la sociedad en salud, energía, turismo, agricultura, ganadería y pesca, alimentación, calidad del aire y suficiencia de agua, son ya una clara advertencia de que el inmovilismo es y será fatal para vida en el planeta. Hay que hacer algo.

Algunas entidades gubernamentales ya han estado creando áreas específicas de la administración pública dedicadas al calentamiento global. No sólo las áreas de construcción de infraestructura, llamadas de desarrollo sustentable, o de urbanismo y ecología, sino transversales para atender y prevenir este fenómeno en todas las actividades gubernamentales relacionadas con los efectos del calentamiento global.

Hace 11 años, el domingo 26 de agosto, otro amigo mío, Luis Tamayo, escribía en La Jornada de Morelos un artículo sobre el bosque de agua, en el que hablaba de un paradigma diferente con el que debemos visualizar el futuro de nuestro entorno inmediato, a esto me referiré más adelante. En realidad, es urgente la asunción de posiciones porque el futuro ya nos alcanzó, aunque algunos aún no vean esta realidad presente.

Volvemos a toparnos con un conflicto de valores. Al parecer vemos la realidad con lentes diferentes. ¿No estará claro que los bosques son la fábrica del agua y que ambos, bosques y agua, son asuntos de seguridad nacional?

Si fue un error grave de las pasadas administraciones priistas y panistas considerar que la vocación de México era la agricultura y devastaron con las políticas agrarias oficiales una extensión irrecuperable de bosques para dotar de tierras, pobres y de temporal, a los campesinos, destruyendo gran parte de la inmensa riqueza forestal del país, o llevaron a la venta grandes extensiones de áreas protegidas para la urbanización. La vocación de México no es agrícola y el urbanismo debe cambiar de óptica, nuestro país debe fortalecer la vocación forestal con devoción religiosa o, mejor, mística. La riqueza forestal no estriba en la cantidad de madera que los bosques pueden producir, sino en la cantidad de agua y aún de productos forestales no maderables, como son las plantas medicinales, las resinas, el hábitat de nuestra gran diversidad biológica. La idea del presidente López Obrador de crear empleo a través de la siembra de árboles por eso ha recogido la aprobación de todo mundo.

Las definiciones de los paradigmas políticos que enfrentamos son insoslayables. Es urgente encontrar ese denominador común de los valores sociales para enfrentar de la mejor manera posible las adversidades y catástrofes climáticas que ya están presentes. En todos los ámbitos de nuestra vida se asume como un hecho el cambio climático. Es tan evidente como la ferocidad creciente de los huracanes. En México (y aquí no podemos hacernos los ciegos) sufrimos las consecuencias, año con año, de la devastación de este fenómeno climatológico, que con certeza ha incrementado su número, su temporalidad y su peligrosidad, es decir, habrá más huracanes, por periodos más amplios y más de grado máximo). Por más que se esfuercen los cuerpos de protección civil, no los podremos detener, porque el clima ya se alteró. El costo en vidas, en bienes y, sobre todo, en esperanza de vida de calidad para las futuras generaciones es ya muy alto. Si ya conocemos estos hechos irreversibles, ¿por qué no contribuir de la manera más eficaz a reducir sus efectos negativos?

Los valores de la sociedad deben ser congruentes con el objetivo de preservar el medio ambiente. Se trata de valores universales de los que depende nuestra vida en el planeta. Cualquier doctrina o filosofía social los considera prioritarios. Es conveniente retomar la idea del bien común no para fortalecer las posturas panistas, que no acaban de comprender este concepto, sino para intentar convencer a toda administración pública de su consistencia ideológica y pragmática.

El concepto del bien común, que acuñó Tomás de Aquino (siglo XIII, d. C.) y que parte de la comunidad de intereses cristianos de la obra Ciudad de Dios de Agustín de Hipona (siglo V, d. C.), se expresaba como un conjunto de valores orientados al compromiso de cada individuo con los otros hombres. La doctrina de la iglesia católica ha perfeccionado este concepto del bien común (Concilio Vaticano II, encíclicas Mater et magistra, Pacem in terris, Octogessima adveniens) El bien común no consiste en la simple suma de los bienes particulares de cada sujeto del cuerpo social. Siendo de todos y de cada uno es y permanece común, porque es indivisible y porque sólo juntos es posible alcanzarlo, acrecentarlo y custodiarlo, también en vistas al futuro” (Gaudium et spes), “Las exigencias del bien común derivan de las condiciones sociales de cada época y están estrechamente vinculadas al respeto y a la promoción integral de la persona y de sus derechos fundamentales ” ( Pacem in terris). Como podemos ver no es un concepto propio del PAN que, por cierto, ni comprende, ni lleva a la práctica.

Afortunadamente existe una literatura muy amplia para afirmar que tales exigencias atañen, ante todo, al compromiso por la paz, a la correcta organización de los poderes del Estado, a un sólido ordenamiento jurídico, a la salvaguarda del ambiente, a la prestación de los servicios esenciales para las personas, la salud, la economía, la libre circulación de la información y la tutela de la libertad religiosa. Las encíclicas Gaudium et spes y Mater et Magistra, coinciden en la necesidad de la cooperación internacional en vistas del bien común de la humanidad entera, teniendo en mente también las generaciones futuras. El bien común exige armonizar con justicia los diversos intereses sectoriales.

La correcta conciliación de los bienes particulares de grupos y de individuos es una de las funciones más delicadas del poder público.

En un estado democrático, en el que las decisiones se toman ordinariamente por mayoría entre los representantes de la voluntad popular, aquéllos a quienes compete la responsabilidad de gobierno están obligados a fomentar el bien común de la comunidad, del municipio, del estado y del país, no sólo según las orientaciones de la mayoría, sino en la perspectiva del bien efectivo de todos los miembros de la comunidad civil, incluidas las minorías.

Los grupos ecologistas no son herejes, ni apóstatas, son simples ciudadanos que están al tanto de lo que le está sucediendo a nuestro planeta enfermo. Tienen miedo de que, si continuamos con el actual paradigma del progreso, las convulsiones que se alzarán en toda la tierra en la lucha por el agua, por los energéticos, por los alimentos, por la seguridad social y la seguridad nacional, serán inimaginables. El apotegma de Bellum omnium contra omnes (la guerra de todos contra todos) será real en cada uno de los rincones del planeta. Por eso adquiere relevancia el libro de Luis Tamayo, La Locura Ecocida, en el que habla de esa condición interna, de la pulsión de muerte, como mecanismo inconsciente que nos ha llevado a la situación actual y nos llevará a las peores catástrofes de la humanidad.

Quisiera tener la inspiración de Dante para poder describir el futuro inmediato que nos espera si no cambiamos los paradigmas culturales del modo de producción y reproducción social de la actualidad. Estamos en el límite del calentamiento global.










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