Bipolaridad

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Hoy día, solemos emplear el vocablo ‘bipolar’ para referirnos a una persona que cambia de estado de ánimo, a ese ir y venir de un extremo a otro. En el fondo, todos somos un tanto bipolares. El claroscuro es inherente a la condición humana. Pero cuando ese desgarramiento llega a ser eco de una escasa sensatez, de una patética incongruencia, se convierte en un trastorno mental, diríamos esquizoide, impacta a los demás. A mayor abundamiento cuando ese impacto trasciende a la vida pública. Es decir, cuando la persona portadora de ese desarreglo es un personaje público.

Tal es el caso del tabasqueño que ocupa Palacio Nacional, con toda la legitimidad que el voto mayoritario le ha conferido. Su bipolaridad tiene tres dimensiones. En primer lugar, la anímica, pues que por un lado proclama ‘amor y paz’ y, por otro, monta en el odioso potro de la agresión, calificando al adversario como ‘cretino’, ‘corrupto’, ‘conservador’… En segundo lugar, la política que va del ‘abrazos no balazos’ a la militarización en materia de seguridad; del dictado de la austeridad a la dádiva clientelar derrochadora. En tercer lugar, la ideología que transita del laicismo juarista que podría inspirar una ‘carta cívica’ al patrocinio de una ‘cartilla moral’ que el desdichado ha decidido confiar a las iglesias evangélicas insertando la religión en la ‘polis’ secular; del concepto paupérrimo de un futuro reducido al ‘no hay marcha atrás’ –y como si la democracia no fuese la incertidumbre misma– a la queja infatigable de un pasado inmediato, que, por no matizar, acaba siendo amargo fruto de una imaginación enfermiza, históricamente reaccionaria. A propósito de la cual me permito citar a la poderosa canciller alemana, Angela Merkel: “los presidentes no ‘heredan problemas’. Se supone que los conocen de antemano, por eso se hacen elegir para gobernar con el propósito de corregir esos problemas, pues culpar a sus predecesores es una salida fácil y mediocre”. Pero en el tabasqueño, víctima esquizoide de una falsa creencia de superioridad, sólo habitan el reproche y la voluntad devastadora. Como el legendario Atila que ahí donde pisaba sólo cenizas quedaban.

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Sufragio efectivo, no reelección. Respeto a la división de poderes. Sí a la vida y a la libertad de expresión. No más derroches.










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