Asunto terrenal

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El cielo es un símbolo de las potencias superiores, la estancia de las divinidades. Es el principio del activo masculino que se opone a la tierra pasiva y femenina. El cielo designa las aspiraciones del hombre, el lugar donde encontrará la plenitud y la perfección. Dígame, estimado lector, cuál es su cielo y le diré cómo explica la tierra. Esto es obvio, reflexionar sobre el paraíso que podemos encontrar en el más allá, nos remite al objeto y sentido de la vida en este más acá.

A tal punto es importante la idea de cielo que se tenga, que algunos historiadores fundan la grandeza histórica de los griegos en la visión que este pueblo tenía del otro mundo. Para los griegos los dioses eran escandalosamente próximos a los humanos. Los poetas, a pesar de considerarlos inmortales, los describían presos de la cólera, el temor, el deseo, el espíritu de venganza. La descripción de Homero los hacía aparecer preocupados por los ajetreos de la acción y las pasiones.

Zeus es quien hacía las leyes y no se consideraba obligado a observar las reglas democráticas. Atenea no dejaba de quejarse: “Hay que temerle porque castiga indistintamente al inocente y al culpable”. Dionisio, enfurecido por el desprecio que padece uno de sus emisarios, ataca al sexo de los hombres haciéndolos padecer la violencia de una pulsión erótica que nada puede calmar.

Los griegos, al convertir a los dioses en un grupo de pendencieros con sentimientos tan desordenados, tuvieron una manera libre y relajada de ver y entender la existencia. Los judíos bajaron a Dios del cielo y lo hicieron humano, los griegos subieron a los hombres al Olimpo e hicieron al cielo una parte de la tierra. Los judíos generaron santos y mártires, los griegos filósofos y políticos.

La opinión de Jesús sobre el futuro en la otra vida, es fundamental para el estudio de la cuestión. Se revela en un pasaje evangélico en el que un saduceo le hace una pregunta pérfida, que mucho tiene de ironía y provocación.

El dilema es el siguiente: Si el hermano de un hombre muere dejando mujer pero no hijos, la ley judía dispone que su hermano se case con la viuda y tenga con ella descendencia en lugar del hermano. Eran, pues, siete hermanos; el primero se casó con la viuda y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también; entonces el tercero se casó con la viuda y así hasta que los siete se habían casado con la mujer: habían muerto y no habían dejado hijos. Por fin, la mujer también murió. En la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mejor esposa?

Según San Lucas, Jesús respondió: “Los hijos de este mundo se casan unos con otros, pero los que han sido dignos… de la resurrección de los muertos no tomarán ni mujer ni marido; asimismo, no pueden ya morir, pues son… hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección”. La mujer, por tanto, no será esposa de ninguno de los siete hermanos en el momento de la resurrección de los muertos.

Los saduceos no creían en la resurrección de los muertos ni que los dichosos pudieran vivir en un reino divino disfrutando de la vida conyugal. La excesiva lealtad a la ley de Moisés, comentan los estudiosos McDannell y Lang, daba pie a la paradoja de que los siete hermanos querrían mantener relaciones sexuales con la misma mujer en el otro mundo (una versión erótica de Blanca Nieves y Los Siete Enanos). En fin, Jesús rompe el esquema bromista, remplazando la vida de la carne, por un mundo exclusivamente del espíritu en el más allá.

En nuestras culturas antiguas de Mesoamérica no se andaban con pichicaterías y había trece cielos, y todo dependía de la manera de morir, pues como moríamos dependía nuestro destino en el más allá. Obviamente el mejor cielo era para los guerreros muertos en combate o capturados para el sacrificio.

Seguiremos sobre el asunto, pero insistimos, la discusión y reflexión sobre el cielo, no es tema exclusivo de teólogos y místicos, sino que abarca a todo ser humano independientemente de todo, hasta del nivel de formación. El análisis de la morada a la que aspiramos es cotidiano. En el fondo la verdad es que no podemos resignarnos a que después de muertos todo se acabe, el cielo es un buen pretexto para consolarnos del final irremediable.

Las manifestaciones a favor de un ser que vence a la muerte está en todas partes. El siguiente letrero en la salpicadera de un camión urbano así lo prueba: “Si las mujeres fueran buenas…, Dios tendría una”. Despecho y escepticismo de un saduceo chilango.










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