Andrea, mi primera Nana

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Para Jesús, Juan, y Guadalupe de la Paz,
con quienes comparto sueños futuros.

A todas las Nanas buenas que en el mundo han sido. Cuando estaba recién nacida lloraba todas las noches, desde que el sol caía hasta el amanecer, así que vino de “El Milagro” una muchacha indígena para ayudar a mi madre a tenerme en brazos y pasearme por la habitación, intentando dormirme. Tenía cara de virgen y se llamaba Andrea.

 

Después se enamoró y casó con José Lugo, moreno de ojos verdes, quién llegaba tempranito con sus caballos a dejar la leche del rancho, y mis hermanos o yo avisábamos que había llegado “José el lechero”, aunque por celoso le hubiera quedado mejor “José el Otelo”. Vaciaba la leche de los botes y la vendía “Lola la lechera”, desde 1/8 de litro. Chaparrita de cara dulce y redonda, se sentaba en una silla de madera cuando escaseaban los clientes, y tejía unos sutiles guantes como hechos por los ángeles; tenía dos hijas con esa misma virtud. Las tinas y las medidas viven en mi recuerdo, brillantes y tersas. Tenía razón Cleopatra al bañarse con leche, sólo que esta era de “vacas pacientes y generosas”.

Después de crecer, casarme y volver del extranjero con nuestras tres niñas, Mercedes su lindísima hija, fue nana de mi pequeña Mónica. Recuerdo la sorpresa dibujada en su carita de ángel, al verse de cuerpo entero ante los inmensos espejos de los roperos, en la casa de mis padres. Se casó y tuvo quince hijos. Así respondió a mis preguntas: “me decían que si me cuidaba me iba a dar cáncer, y yo no quería dejar huérfanos a los niños que ya tenía”. Unos murieron por desnutrición, le quedan once hijos pobres.

“Usebio”, uno de los hijos pequeños de mi Nana fue mocito en la “casa grande”, y vaya si era grande! Muy comedido y trabajador, guapo como sus padres y de ojos vivaces. Recuerdo su atención y recogimiento, y su pulcra y pobre ropa en la misa de Primera Comunión de mis hijas.

Hace tiempo, en uno de mis regresos, vino a verme mi nana Andrea, envejecida pero aún bella, con dos de sus nietos. Ella los recogió porque al pequeño su papá lo iba a cambiar por una camioneta. Llegaron temprano, “rotitos pero limpios”. Platicamos y les di su desayuno. Cuando se fueron pensé: “Señor, ¿Qué ha pasado con tres generaciones de campesinos? Viven en mucho peores condiciones… son inmensa, inmensamente pobres”.

Nunca hubiera imaginado mi Nana, tan apegada a la tierra, que sus nietos serían migrantes y, además, con pésima suerte.










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