Ana María Arias: Del Querétaro postmoderno

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Como el “jibarito”, así, sale loco de contento “chafireteando” su ruta el chofer del transporte público del Querétaro postmoderno. Uno atrás de otro cada cinco, cada diez o cada quince minutos, el día que comenzó bien lo descomponen los topes, unos como bardas, otros de boyas soltando virlos ponchadores de llantas. Lo descomponen los baches, hondos de tan viejos que son, llegaron para quedarse y nadie los tapa. Lo descompone el hambre y hay que pararse por la torta, el taco o la gordita, así empiezan a rezagarse.

El chofer de camión no hace mucho estrenado, lleva consigo su plaquita de olor a flecha amarilla; sobre su bien peinada cabeza un ventilador le airea los pensamientos; sus tenis “fila” están más que puestos para el frenazo, pero el día apenas clarea cuando los chinos botones que abren y cierran las puertas ya no obedecen. La de subida quedó trabada, la de bajada abierta, o sea, ya nadie sube y los que puedan bajen antes de que se trabe también. Al “jibarito” se le arruinó el día y a los pasajeros casi, si no es que suben a otro camión, ese sí, bien equipado con estruendosa música de cumbia, varios “espantasueños” de plumas azules destacando entre el rosario, el zapatito y la botella de coca llena de armorol o pinol. El chofer que también salió loco de contento como el anterior no se amilana; brazos desnudos manejando a tientas o a oídas, porque tiene muchos mensajes que escribir en su celular. Para constancia queda la foto.










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