AMOR

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Esta semana termina febrero, el mes del amor y la amistad. No quiero dejar pasar el mes sin compartir con ustedes, un comentario psicoanalítico de la película Amour , de Haneke, que representa una perspectiva de ser con el otro, más allá de los límites del yo cartesiano.

La película Amour de Michael Haneke, ganó la Palma de Oro en el festival de Cannes (enero de 2013), cinco nominaciones al Oscar y varios premios y reconocimientos. Es un filme protagonizado por Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, quienes interpretan a Georges y a Anne, una pareja de músicos jubilados, que viven en París con cierta holgura, con una hija única, Isabelle Huppert, protagonista de La Pianista , quien radica en Inglaterra, dedicada a la música también y casada con un inglés, ella aparece impotente ante la realidad de sus padres.

La realidad de los dos ancianos es una vida sencilla, simple, amorosa, hasta que una trombosis cerebral de Anne, pone a prueba el amor de la pareja y describe puntualmente, detalladamente, paso a paso, el deterioro del cuerpo, el dolor, el camino y el destino marcados por los signos de la muerte. Es la puesta en escena más vívida de la vejez que admite una aproximación muy clara sobre el papel del cuerpo en el psicoanálisis y su relación con el narcisismo en esta última etapa de la vida y con la inminencia de la muerte.

Es una prueba viviente de la construcción existencial, continua, del yo-con-el-otro, como secuela infalible del estadio del espejo lacaniano o el Mitsein heideggeriano. Muestra la intensidad de la decadencia del final de la vida en la enfermedad y en la muerte, los tiempos acompasados, el tempo de la vida de los dos músicos, en acordes de Schubert, Beethoven o Bach. Cada línea que pronuncian tiene su “tiempo propio”.

La clave de la cinta consiste en registrar el acoplamiento de dos personajes que han aprendido a vivir juntos desde hace décadas. ¿Dónde está el narcisismo? No está en la vida, sino en, o frente a, la muerte. Nos acostumbramos a ver el narcisismo infantil, pero nos olvidamos de ver el papel de este fenómeno psíquico en la decadencia del cuerpo, en el crepúsculo.

La película empieza con una evitación, la de la muerte. Los bomberos entran al departamento, con las puertas bloqueadas con una cinta adhesiva y un fuerte olor a gas. Abren puertas y ventanas y recorren cada uno de los rincones de la casa hasta llegar al cuerpo de la anciana sin vida, rodeado de flores, como en un altar. ¿Quién era esta anciana? ¿Qué hacía? ¿Por qué murió? ¿Por quién? Se entiende que hay otro cadáver, pero no lo muestran.

A esta imagen inicial, siguen cinco planos placenteros. La pareja de ancianos acude al concierto de un discípulo que interpreta a Schubert. El regreso a casa lo hacen en tranvía. No importa el diálogo, importan los gestos de amor y de ternura, donde se adivinan todo. Lo mismo sucede con el desayuno, casi ritual, donde cada uno realiza las tareas comunes en una sintonía, en un amor compenetrado, hasta que Anne experimenta un trance. De pronto, no responde a la conversación trivial y queda paralizada, suspendida. Queda desconectada por unos minutos. Georges le frota el rostro con un paño húmedo, deja la llave del fregadero abierta y se va a vestir, pues estaba en pijama, para buscar al médico. Estando en eso, deja de fluir el agua. Anne había vuelto a la conciencia. Discuten. Anne niega la ausencia, pero al fin, él la convence de ir al médico.

El poseedor del supuesto saber, el médico, les da a conocer la magnitud del trauma y la operación ineludible de Anne. De ahí en adelante, la película mostrará su inevitable camino crepuscular, la llegada progresiva de la muerte. La irrupción de una enfermedad paralizante de la mitad del cuerpo, la humillación, la degradación, la impotencia de la hija ante la lógica implacable del padre y la parálisis de la madre.

El amor consiste en acatar una responsabilidad ineludible, pero con libre albedrío. La adversidad es total y tanto Anne como Georges lo saben desde un principio. A cada momento se advierte la vulnerabilidad, que se compenetra en el espectador a tal grado que, cuando alguien toca a la puerta y sale a ver, no encuentra a nadie y una mano le tapa la boca, se siente el terror. Era una pesadilla de Georges. Tenía terror de que algo le pudiera pasar a él, ¿Cómo podría dejar sola a Anne? Soñar el horror es un modo de conjurarlo.

Ambos personajes tratan de tomar distancia de los otros, incluso de su hija, en una resistencia digna hacia el dolor. Al final, Georges toma una doble decisión capital. Con una almohada asfixió a Anne y prepara el ritual para su propia muerte, con el gas invisible, como la llegada de la muerte, sin imago, sólo el fantasma estaba presente. Antes, se da tiempo de sellar las puertas con cinta adhesiva, escribir una carta y atrapar a una paloma. Es el tempo de la muerte.

El deseo de vivir persiste en la medida en que las condiciones físicas de existencia están garantizadas: Los dos ancianos viven bien, tienen reconocimiento, hay Amor, pero… ante lo inevitable, llega la muerte, pero la muerte de los dos, él no se concebía sin ella. El ser a partir del otro. El espejo se rompe, la reflexión se distorsiona. La herida narcisista es irresistible y lo penetra hasta la intimidad de su ser. Es la actuación íntima del Mitsein , del ser con el otro.

El drama de Georges y Anne, no proviene de una catástrofe natural o de una guerra, sino de la tercera fuente de la angustia que mencionaba Freud: la enfermedad. Así como nos ha sido impuesta, en palabras de Freud, la vida en soledad nos resulta una labor demasiado pesada, nos depara excesivos sufrimientos, decepciones y empresas imposibles.

La película otorga un papel importante a la economía libidinal de los sujetos. Son varias las técnicas señaladas a las que recurre el hombre para aliviar el sufrimiento: la reorientación de los fines de manera tal que eludan la frustración del mundo exterior; la sublimación de las pulsiones que puedan acrecentar el placer hacia el trabajo psíquico e intelectual; la búsqueda del camino hacia el placer que produzca la belleza y el acercamiento al amor sexual, e incluso a la religión que promete para todos un camino único hacia la felicidad y la reducción del sufrimiento.

Georges y Anne recurren al apoyo mutuo, a la confianza horizontal de que el otro está ahí siempre, a la fluidez de los intercambios cotidianos, al ser y estar con el otro. Una relación especular. La función del narcisismo de recrearse el uno en el otro, el ser a partir del otro.

El juicio de Georges no puede vacilar, se ve obligado a reconocer y a inclinarse ante lo inevitable. ¿Es esta una meta en el pensamiento freudiano? Estar enfermo (in-firmus, sin fuerzas, incapaz de mantenerse firme), es una condición natural de nuestro cuerpo, perecedero, limitado en su capacidad de adaptación y rendimiento. Una conjetura hay aquí, de entrada, Freud nos indica las referencias que nos permiten hablar de la condición del ser humano, como ser mísero, mutilado, castrado simbólicamente y determinado como cuerpo biológico perecedero. El narcisismo no es eterno, tiene una vertiente entrópica fatal, ineludible.

El deseo y el lenguaje son la esencia del hombre como especie, es un ser de deseo. Como ser de lenguaje, ese deseo queda trazado en el cuerpo por el símbolo. El hombre es tal porque el símbolo lo ha hecho hombre, más su cuerpo físico sigue siendo enigmático.

Como dice Freud en El yo y el ello , el yo es ante todo un yo corporal, no sólo ser de superficie sino la proyección misma de una superficie. Esta idea, hace subrayar el ser corporal del yo, que sería ante todo un cuerpo físico. Sin embargo, no cae en la trampa del hilemorfismo aristotélico, no somos un ente dual, materia y forma, cuerpo y alma, cuerpo material y espíritu, la idea de Freud es, en este aspecto, unitaria, a pesar de las muchas dualidades que introduce en el inconsciente. La pulsión es parte orgánica y parte psiche , una síntesis. Parte de un yo derivado de las sensaciones corporales, principalmente las que tienen su fuente en la superficie del cuerpo que, si bien lo aparta de la naturaleza por su identidad simbólica, lo determina también porque se encuentra atado a ella y al mismo tiempo, indefenso.

La parálisis de Anne es una lectura inconfundible, un síntoma, la letra de lo indescifrable, hay que ir al médico. El supuesto saber de éste dará claridad al ser, al ser enfermo, a la ruta de la muerte. Georges le tiene que prometer que la dejará en casa y no la llevará a la tortura del hospital. La decisión de una muerte digna.

Anne, día a día, paso a paso, se va deteriorando, envejece más rápido, grita que le duele, un dolor continuo, persistente, que se aferra a la inmovilidad progresiva, en sentido inverso a la movilidad progresiva y alegre de Schubert o de Bach a que ella estaba acostumbrada. El cuerpo como mediador entre el sujeto y el mundo, hace que nuestras experiencias de la realidad dependan de la integridad del organismo que se apaga lentamente, donde se anuda la motricidad en ese cuerpo subjetivado. La parálisis del cuerpo de Anne lleva a la confrontación de su contraparte especular, Georges, quien sufre una conmoción psíquica equivalente.

Ni Anne, ni Georges pueden estar ajenos a esa experiencia íntima, que él sufre como propia. Ya no hay lugar para el malentendido. Georges la asfixia en silencio y, en silencio, prepara su propia muerte. El goce ya no espera la homeostasis placentera de antes, de que nos habla Daniel Gerber (1). Se extingue la palabra, el diálogo, el símbolo, y Georges pasa al acto, a lo real del cuerpo, a la muerte.

Pero, lo más importante, Georges se va compenetrando del dolor de Anne, de la cadena de significantes nuevos que entran en la vida de ambos. Una nueva palabra inevitable: la muerte-segura, con todo lo que hay alrededor de ella en su inmediatez. ¿Hasta qué punto fue capaz Georges de metabolizar psíquicamente la enfermedad de Anne? El registro de lo negativo de que nos hablan Lilia Rentería y Catalina Harrsch(2), fue inscrito en Georges sin espacio de transcripción o de transformación.

La relación narcisista especular realmente construye el psiquismo y lo aniquila. Georges de todos modos no sobreviviría a Anne por mucho tiempo. De lo que no quiere saber el hombre es de lo nimio de su condición humana. El yo trata de dominar los procesos misteriosos de la naturaleza que se manifiestan dentro de su propio cuerpo, la angustia del dolor y de la cercanía del fin. No puede permitir que el cuerpo tenga preponderancia sobre el hombre.

Esto habla de la limitación de la condición humana, del incomprensible misterio del cuerpo y del mundo. Una falta de algo que se pierde en el cuerpo, algo invisible que le sucede a Anne, quien ni siquiera reconoce su primera pérdida de conciencia, representa el determinismo y su limitación. El hombre aprende que su libertad, como ser único, se ve frenada por el cuerpo y sus apéndices que determinan lo que él es. Georges se ve incapacitado para reanudar el pasado de su cuerpo con el futuro, no quiere rehistorizar, decide poner fin a la existencia de ambos. Se trata de la consumación de la función entrópica del narcisismo.

Bibliografía:
• Gerber W. Daniel. “El cuerpo erógeno: entre significado y goce”, en la revista de Psicología, Psicoanálisis y Cultura: Erinias, El cuerpo y lo somático. Escuela Libre de Psicología, Año 1, Núm. 2, invierno de 2005, pág. 40.
• Rentería Moreno, Lilia y Harrsch B. Catalina. “Lo transgeneracional en lo psicosomático”. En Izaqui, una perspectiva creativa, del campo a la palabra. Revista del Centro de Estudios de Posgrado en Salud Mental, No. 2, octubre de 2012, México, pág. 83.
• Freud, S.(2012). El Yo y el Ello.Obras completas, Amorrortu, Buenos Aires.
• Heidegger, Martin (1983) Ser y Tiempo, Ed. FCE., México.
• Lacan, J. (2005)."La ciencia y la verdad", Escritos II, Siglo XXI, México.











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