AMLO Y LA POLÍTICA EXTERIOR HACIA VENEZUELA .

|




Criticar sin conocimiento es fácil y riesgoso, por eso sostengo que el análisis de la política exterior debe tener en cuenta toda la complejidad del escenario actual, dentro de un contexto histórico, considerando la economía, la sociedad, los Derechos Humanos y un análisis de la coyuntura.

En cuanto a la historia, hay que recordar que, en el caso de México, durante prácticamente todo el siglo XIX y la primera mitad del XX, la cuestión del reconocimiento de un gobierno fue un verdadero dolor de cabeza para México. No sólo lo sufrieron los distintos gobiernos del s. XIX, en el XX Carranza y Obregón sufrieron los embates del no reconocimiento para que no se aplicara la Constitución de 1917, sobre todo el artículo 27, que llevó a los ignominiosos Acuerdos de Bucareli, en los que se cedía, entre otras cosas, dejar inactivo dicho artículo constitucional. El petróleo era el oscuro objeto del deseo norteamericano. Con la expropiación petrolera de Cárdenas, estuvimos a punto de ser nuevamente intervenidos, de no ser por le inminencia de la Segunda Guerra Mundial y el recuerdo del Telegrama Zimmermann, por el que Alemania ofrecía a México, al finalizar la Primera Guerra Mundial, la recuperación de los territorios arrebatados en el siglo XIX, a cambio de unirse a su causa. El objetivo alemán era evitar que la potencia estadounidense entrara al escenario de guerra europeo. Está claro que tanto Marcelo Ebrard como el presidente López Obrador tienen estos antecedentes en la memoria. No los tuvo así Videgaray, que no tenía idea de la historia de las intervenciones estadounidenses.

En la entre-guerra, a pesar de la Doctrina Estrada de no intervención, autodeterminación y solución pacífica de controversias, México condenó la invasión de Japón a Manchuria, la conquista de Abisinia por parte de Italia y, antes, las atrocidades de la guerra civil española. De hecho, fuimos los huéspedes durante muchos años del gobierno de la República Española en el exilio.

Durante la Guerra Fría, México alcanzó un gran prestigio al sostener una política exterior independiente con el respaldo a Cuba en el contexto de la OEA, evitó una intervención, votó contra su exclusión del sistema interamericano y fue el único que mantuvo relaciones con este país, a pesar de la votación mayoritaria por el rompimiento. Interna y externamente fue reconocida esta posición. Con Echeverría nos lanzamos contra el sionismo israelí, contra el golpe de estado en Chile y la condena de numerosos casos de violaciones a los Derechos Humanos sobre todo en la España de Franco.

En la actualidad se está reeditando una nueva versión de la Guerra Fría donde Venezuela juega un papel central de la nueva confrontación de Trump con Rusia y con China. No es casual el rápido realineamiento con Estados Unidos de los países más dependientes de Occidente, tanto en América Latina como en Europa. Nuevamente el escenario multilateral de intervencionismo se genera en la OEA y el Grupo de Lima.

Desde 2016, empezamos a recibir toda suerte de insultos de parte de Trump, que indignaron al pueblo de México. Peña Nieto cometió el error de invitarlo durante la campaña estadounidense y doblegarse poniendo como secretario de Relaciones Exteriores a Videgaray, cuyo único mérito consistió en su amistad con el yerno del presidente que nos insultó. Para rematar esta actitud de subordinación, el último día de su mandato, el 30 de noviembre, a escondidas, en Buenos Aires, Peña otorga la máxima condecoración mexicana al yerno de Trump, para de ahí volar a la toma de posesión del presidente López Obrador.

Numerosos articulistas se plantean una suerte de disyuntiva entre la no intervención y la defensa de los derechos Humanos en Venezuela, calificando de aliado de Maduro a López Obrador. A mi manera de ver las cosas, no existe esa disyuntiva, la defensa de los Derechos Humanos no tiene que ver con el reconocimiento de Guaidó. Así ha sido la práctica diplomática de México desde hace mucho tiempo, sólo hay que recordar las distintas declaraciones de eminentes secretarios de Relaciones Exteriores, que incluso han ejercido la cuestión del reconocimiento como parte esencial de la política exterior, como es el caso de la Declaración Franco-Mexicana sobre El Salvador en 1981, donde se reconocía a Frente Farabundo Martí como una fuerza insurgente con status en el Derecho Internacional, sin que esto demeritara nuestra oposición a la política de Estados Unidos en Centroamérica, después se confirmaría esta política con la conformación del Grupo Contadora.

Con respecto a Venezuela, durante el proceso electoral mexicano, en 2018, se creó el Grupo de Lima, compuesto por 14 países, entre ellos México, Argentina, Brasil, Canadá, Colombia y Perú, llamó a sus integrantes a aplicar o a intensificar medidas de suspensión de relaciones militares, culturales, financieras y comerciales con Venezuela, y a preparar una resolución de mayor dureza para la asamblea anual de la OEA, en Washington. En la Reunión de Cancún, la representante venezolana echó en cara a Videgaray su falta de legitimidad y su doble ética.

Las posiciones se fueron delimitando por la orientación política de los candidatos. Ricardo Anaya, de Por México al Frente, y José Antonio Meade, del PRI— sostuvieron la misma posición, a saber, básicamente la del Grupo de Lima: desconocimiento de los resultados de la última elección de Maduro por inexistencia de las condiciones mínimas necesarias, de acuerdo con criterios internacionales, suspensión de toda la cooperación con Maduro, llamada a consultas de los embajadores en Caracas, sanciones crecientes contra la dictadura. López Obrador, por su parte, mantuvo en todos los foros su silencio tradicional, pero sus voceros o bien invocaron el principio de no intervención, o bien confesaron que no habían discutido el tema, salvo para decir que AMLO no conocía a Nicolás Maduro.

Claro que sabía del tema. Desde 2013, en las elecciones venezolanas, se anunció el triunfo de Nicolás Maduro sobre Henrique Capriles con una diferencia mínima de 1.59%: 50.66% contra 49.07 %, con un 99.2 % de los votos computados. Contra Chávez las cifras fueron 55.o7% para Chávez y 44.31 para Capriles. Lo ajustado de la diferencia en este proceso electoral de 2013 (270 mil votos) obligaba a las siguientes consideraciones:

•  Capriles no otorgó el reconocimiento en automático y exigió un conteo voto por voto, en vista de numerosas irregularidades, entre las que destacan: el cierre de las fronteras desde una semana antes, para impedir la votación de venezolanos radicados en el exterior; presión de grupos oficialistas en las urnas; abuso de los medios de parte de Maduro (como presidente encargado podía tener enlaces en cadena con cualquier excusa y hacer actos de campaña); presión de grupos militares y paramilitares a los votantes; falta del conteo de los votos en sedes diplomáticas; la inequidad de las elecciones a favor de Maduro y la parcialidad de las instituciones que regulan, operan, o califican el proceso electoral: el CNE, los tribunales, el poder legislativo y el poder ejecutivo, donde se incluye al ejército, etc.

•  La votación mostró claramente un país polarizado, que tendrá que obligar a negociar a los líderes políticos; se trataba de dos proyectos de país, casi radicalmente opuestos.

•  Prueba de lo anterior son los reconocimientos apresurados de los países beneficiarios del petróleo del chavismo: Rusia, China, Cuba, Argentina, Bolivia, Nicaragua, Perú, etc., así como el silencio o la prudencia de Estados Unidos, la Unión Europea y México.

•  Las soluciones a los diversos problemas económicos y sociales, de política energética, de política monetaria y exterior serían radicalmente opuestas.

El proceso electoral de 2018 en Venezuela fue todavía peor que en 2013. Maduro se había hecho de todos los mecanismos económicos, políticos, legales y de fuerza para sostener su reelección. Las grandes manifestaciones dejaron saldos sangrientos. Disolvió la Asamblea Nacional y construyó una Asamblea Constituyente a modo, cuyo propósito fue suplantar a la legítima Asamblea Nacional, penetró el poder judicial y realizó purgas en las fuerzas armadas para detentar el poder hegemónico y absoluto, al menos sobre la mitad de la población que ha disentido. De todos es sabido que llevó a la quiebra la economía y eso ha repercutido en la situación de los grupos más vulnerables. Si en los precios de los productos de consumo diario es donde se refleja la lucha de clases, Maduro no es de izquierda, le pegó duro a los más pobres con una inflación que va más allá del millón por ciento anual.

Sin embargo, esos son problemas internos de Venezuela. México está en su derecho y en la obligación de defender los Derechos Humanos, así lo ha asegurado Marcelo Ebrard, pero no se puede meter a resolver los asuntos internos de ningún país, ya sea Venezuela, Cuba, Haití u Honduras. Si hoy cedemos a una intervención como lo hacían Peña y Videgaray, ¿Con qué autoridad moral solicitaríamos la solidaridad de otros países, cuando Trump quiera intervenir en México? Hay que ver que ya se aproxima el proceso electoral estadounidense y Trump no ha dejado de convertir a México en su piñata.

México está en condiciones de hacer alianzas conjuntas dentro de organismos internacionales, sobre todo dentro de la ONU. Recuérdese que para evitar la “Mayoría de uno”, de Estados Unidos en la OEA, en estos casos México ha pugnado por la primacía del organismo universal, o sea la ONU, sobre el regional, la OEA.

Venezuela es un país muy importante para la política exterior de México por su posición estratégica en el entramado multilateral sudamericano y por su política petrolera en la OPEP y hacia los países de ALBA y de izquierda o socialistas, principalmente Cuba. Es claro que la elección de Capriles hubiese significado una mejor oportunidad para el acercamiento diplomático, la seguridad de las inversiones mexicanas y las alianzas estratégicas en el Cono Sur del continente, en tiempos de Peña, pero ahora, falta ver el desenlace de la dualidad del poder en Venezuela. Sería imprudente meterse al ruedo del conflicto interno. No es seguro que caiga Maduro en el corto plazo. Esto quedó claro con el intento de introducir la ayuda humanitaria a Venezuela. El conflicto va para largo sin una resolución predecible. No bastan los buenos deseos o las declaraciones cotidianas de los funcionarios norteamericanos. El representante ruso en el Consejo de Seguridad de la ONU le dio una lección de Derecho Internacional a Estados Unidos, que tuvo el veto de Rusia y de China a su pretensión de intervenir en Venezuela. Ante la retirada de Estados Unidos de los escenarios internacionales se han consolidado nuevos polos de poder, sobre todo China, que busca una mayor presencia en América Latina.

Mientras siga la producción y venta de petróleo a Rusia, China y los países del Grupo Alba, Maduro contará un margen de acción mínimo razonable, pero la carestía de alimentos, los efectos de las recurrentes devaluaciones sobre la inflación, la presión de la deuda externa, la inestabilidad monetaria y la falta de empleo tenderán a romper los frágiles equilibrios con que se ha sostenido hasta ahora la administración de Maduro, que no tiene la capacidad de gestión política de Chávez, ni las cualidades administrativas para sostenerse en el cargo (Maduro apenas logró medio terminar la prepa), aunque ha demostrado que cuenta con la mayoría de los mandos de las fuerzas armadas. Necesitará mucho más que el fantasma de Chávez para que no se le desmorone el país entre las manos, por eso ha tenido que entregar grandes cotos de poder a las fuerzas armadas, que son su sostén.

Por lo anterior, podría parecer necesaria una política agresiva de parte de Maduro hacia Irán, Rusia, Brasil y otros países de la OPEP, para mantener altos los precios del crudo, lo cual beneficia a México. Requerirá también consolidar alianzas regionales, sobre todo con México, como exportador de petróleo, pero también como país exportador neto de manufacturas, que trata de penetrar los mercados sudamericanos. Lo cual facilitaría la consolidación de los lazos bilaterales y multilaterales latinoamericanos que López Obrador ha empezado a recomponer dentro y fuera de la OEA, después del abandono de la región de parte de los gobiernos panistas y priistas.

Una política exterior prudente, paciente y nacionalista, aunque exigente en materia de Derechos Humanos, sin dejarse llevar por las estridencias de Noroña, pero si con la conciencia clara de la historia de las intervenciones estadounidenses, es la respuesta más eficaz que puede desempeñar la diplomacia mexicana.










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

Envía tu comentario