Agenda política sobre la desigualdad.

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Los gobiernos establecidos y los candidatos a sucederlos han manejado con mucha frecuencia el problema de la desigualdad sin entender lo que prometen o establecen en sus promesas de campaña o planes de gobierno, sobre todo el PAN que se siente comprometido con sectores de derecha, que creen no sufrir los efectos de las diferentes desigualdades y que, en consecuencia, los llevan a una encrucijada de desaliento y frustración ante la falta de resultados que satisfagan sus expectativas más íntimas de bienestar, o del PRI, que han pretendido solucionar el problema de la desigualdad sin ir al fondo.

El asunto de las desigualdades es de gran importancia política por los efectos sobre la integración social, el desempeño económico, la solidaridad entre las comunidades y aún sobre el malestar social latente en cada comunidad, pero no se logra integrar un enfoque adecuado porque no se ve el fondo del problema, ni se propicia la discusión abierta sobre el mismo con el fin de construir una política pública eficaz.

Hay que destacar, de inicio, que no se trata de un tema de desigualdad solamente, la económica, sino de muchas desigualdades que se entrelazan, lo que da mayor complejidad al asunto. La interdependencia y la acumulación de estas profundas diferencias en México, nos llevan a considerar dos dimensiones que atraviesan tanto los legados como los nuevos desafíos. Nos referimos a las distribuciones inequitativas de resultados y acceso a oportunidades entre individuos o grupos. Estas diferencias son injustas porque afectan aspectos cruciales de la vida de personas que se encuentran en desventaja en virtud de su posición social: discapacitados, minorías raciales o étnicas, mujeres, entre muchas otras. Además, estas desigualdades son potencialmente evitables por medio de un abanico de intervenciones públicas: impuestos o subsidios para redistribuir el ingreso, cuotas de género en las asambleas legislativas o sistemas universales de salud.

No hay que equiparar desigualdades con niveles de pobreza, el asunto es mucho más complejo. El estudio sobre Desigualdades, de El Colegio de México, nos habla de tres tipos de desigualdad: La de oportunidades, que ha recibido amplia atención desde el análisis económico, y que parte de la preocupación por igualar el terreno de juego desde el cual los individuos pueden desarrollar su potencial. La desigualdad de resultados que estudia Atkinson, que parte de la idea de una diferencia en las recompensas asociadas a niveles de esfuerzo similares y, en tercer lugar, lo que hay que enfocar con claridad es su carácter interseccional para explorar cómo grupos con distintas características adscriptivas o condiciones de origen enfrentan brechas en resultados y oportunidades de manera diferenciada, que, traducido a palabras llanas, se puede explicar con el elemento sustantivo de su carácter relacional, la interseccionalidad, entre sus diferentes dimensiones, la acumulación de desventajas durante el ciclo de vida y, finalmente, los nuevos desafíos para la igualdad.

Sólo para poner un ejemplo, me referiré a una situación personal, que es muy común entre los académicos: Una de las situaciones más alarmantes es que la brecha en los salarios entre el grupo de mayor educación y el de menos escolaridad se ha cerrado a la baja; esto es, que el grupo de altos estudios percibe sueldos más bajos que se asemejan cada vez más a los montos percibidos por los grupos de estudios menores, aunque tengas estudios de doctorado, la brecha de sueldos con lo que no lo tienen no es significativa, menos aún si se compara con algunas profesiones que no requieren de estudios superiores. El fenómeno de cierre de brechas a la baja también se da en otros niveles educativos, ámbito en el que los resultados de los escolares de menores ingresos y de mayores ingresos se igualan a la baja en las métricas de desempeño económico.

Esto nos lleva a reflexionar sobre las desventajas sistémicas a las que se enfrentan en el transcurso de su vida las personas en México. La desigualdad tiene como consecuencia una inversión ineficiente en capital humano. Además, como señalan Solís y Boado (2016), una baja movilidad social sugiere la existencia de diferencias duraderas en el acceso a oportunidades, donde los ciudadanos permanecen en las mismas posiciones, sean desaventajadas o privilegiadas, para luego heredarlas a sus descendientes, a pesar de los ilusionismos de las telenovelas o de las supuestas fórmulas de éxito económico.

La importancia de estudiar las desigualdades es también referida al desarrollo de la democracia. La concentración de recursos económicos en grupos privilegiados de la sociedad puede aumentar desproporcionalmente la capacidad que tienen las élites para influir en las agendas de los gobiernos y partidos políticos, un claro ejemplo de esto es la práctica del lobbying, tal como se ejerce en Estados Unidos, en donde las grandes corporaciones manejan a los congresos y sus leyes a su favor (P.E. la Asociación del Rifle). Además, los ciudadanos que pertenecen a segmentos desaventajados pueden tener dificultades para disponer del tiempo, las habilidades y los recursos necesarios para participar en asociaciones y campañas políticas y para movilizarse electoralmente. Aunado a estos efectos perniciosos directos, algunos estudios sugieren que la desigualdad actúa en detrimento de la estabilidad institucional y la consolidación democrática en el largo plazo. De ahí se deriva la necesidad de abordar las desigualdades desde una perspectiva de la complejidad, que está muy distante de un enunciado simple de buenos deseos como aparece con mucha frecuencia en un plan de gobierno o en una campaña política.










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