Adiós a las jacarandas

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Es tan común hoy hablar de muertos por violencia que parecerá frívolo hablar de los otros muertos, cercenados por la sierra mecánica, derrumbados irresponsablemente en las últimas semanas y diseminados por las amplias avenidas, en donde se despejan los caminos para aliviar la circulación de los abundantes vehículos de motor. De unos días para acá hemos venido presenciando cómo yacen los gruesos troncos y los brazos despedazados de lo que fueron árboles floridos. Las escenas son terribles, pero ya nada nos conmueve. Observamos cotidianamente tal violencia y sus saldos sangrientos que ya no podemos detenernos a mirar a los muertos vegetales.

Hablar sobre unos cuantos árboles que se han talado en los camellones de una arteria congestionada permanentemente por los autos, suena hoy tan superfluo, tan simple, tan baladí, que temo causar pena por concentrarme en tal nimiedad, al lado de los grandes problemas que padecen las ciudades. La seguridad es hoy el número uno. Pero esta vez no vamos a hablar de los asuntos que tienen de cabeza a los gobernantes y a la sociedad postrada, insatisfecha, debilitada y confundida.

Vamos a hablar de los cerezos, de los flamboyanes, de las bugambilias y de las jacarandas. De los árboles que son la vida de las ciudades, el colorido adorno del comal urbano. La floración de los cerezos en abril es festival de alegría, espectáculo fascinante en ciudades como Tokio y Washington. La gente en esas urbes camina absorta y emocionada ante la floración de los pequeños árboles en las colinas y en los parques, en los paseos boscosos y hasta en los cementerios. El milagro de las flores efímeras representa la fugacidad y la belleza de la vida. Ornamentan por unas semanas el paisaje citadino, oprimido por el concreto y el acero. Son veneradas por vecinos y visitantes. Lo mismo sucede con las acacias en los lugares fríos y con los coloridos flamboyanes, que son llamaradas que se escapan de los follajes amplios y de verdes brillantes, en los climas tropicales o microclimas (en la colonia Calesa hay uno espectacular y frondoso al lado del río).

En Querétaro tenemos un paseo de jacarandas único en el mundo (comparable con los de Montevideo y Buenos Aires). Cuando se trazó el libramiento norte (hoy Bernardo Quintana) las autoridades tuvieron el acierto de plantar árboles que producen flores temporales de un suave color morado. Tienen una vida breve, son frágiles y se desprenden al soplo del viento. Pero son un espectáculo incomparable, aún en el tapiz cuando yacen muertas.

Sucede que en el boulevard se vienen haciendo obras que a los ignorantes se nos hacen innecesarias, costosas y criminales. Pocos saben quiénes derrumban árboles, amplían el cauce del asfalto, sustituyen el pasto por el chapopote, depredan, suplantan en lugar de plantar. Pero la tala es tal que me he conmovido por mirar tantos muertos. Pienso que nos van a dejar sin ese paisaje fugaz de las flores que se arrojan levemente al piso sin siquiera marchitarse.

Podría decirse que es el costo de la modernidad pero, desde mi torpe modo de ver, el tipo de obra no parece justificarse. ¿Alguna autoridad podría explicar a éste berrinchudo y cursi redactor (para más señas provinciano, nostálgico, romántico, ingenuo y corajudo ante lo que considera absurdo e inmoral) sobre el costo-beneficio de ensanchar unos centímetros la carpeta asfáltica sacrificando los árboles que producen espléndidas y precarias luces moradas, que cubren con su manto a la ciudad durante los días de la Santa semana?, ¿alguien nos puede decir a los queretanos (quienes aquí vivimos y dormimos) de dónde surgen esos planes y a quien toman en cuenta?, ¿de qué orden de gobierno provienen los cómplices y los contratistas?, ¿por cada árbol tirado habrá el compromiso de plantar otro cerca o lejos pero en algún lado? Preguntas tontas de un terco.

Todos los días vemos cómo se devasta el vasto territorio nacional. No son suficientes los mexicanos muertos por aquí y por allá. Ahora se derrumban árboles a diestra y siniestra. No hay explicaciones, no hay respuestas. Vivimos en el limbo democrático, en el reino de la opacidad. ¿A quien le puede importar la silvicultura urbana cuando tenemos tan graves y profundos rezagos?

Al lado de la pobreza, la degradación urbana, el analfabetismo, la violencia generalizada y las amenazas a la tranquilidad ciudadana ¿a quién le puede interesar este tema en apariencia trivial? Digamos adiós a las jacarandas.










Cada colaborador es responsable de lo que escribe y sólo rinde cuentas ante la sociedad y ante sí mismo. Se trata de pensar libremente y hacer pensar en la medida de la inteligencia de cada uno.

2 Comentarios en “ Adiós a las jacarandas”

  1. Edmundo Gonzalez Llaca dice:

    Mi estimado Juan Antonio, diría el buzo, me sumo a tu retrato hablado: provinciano, nostálgico,romántico, ingenuo y corajudo. Sobre eso, amante de las jacarandas. Demasiadas agravantes; creo que estamos perdidos. EStos gobernantes, auténtica tropa de ocupación, están decididos a todo. Me empiezo a sentir como un extraño en nuestra ciudad. Saludos. Edmundo.

  2. Realmente es una pena se hayan retirado estos hermosos árboles y yo que presumia de esta avenida a los visitantes.

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